miércoles, 12 de abril de 2017

Antología incorrecta y original: 'El club del hashis' (Baudelaire, Rimbaud, John Lennon...)

Por Tesa Vigal

El aroma de la contracultura en este curioso conjunto de textos del siglo XIX y XX, escritos bajo la influencia de hashish, opio o alucinógenos, o bien hablando sobre sus efectos creativos. No se ocupa de la cocaína ni de la heroína, al considerar que los textos existentes relacionados con estas drogas no tienen calidad ni interés suficientes, lo cual ya dice bastante de su diferente naturaleza.
Más que la selección de los propios textos –bastante irregular- es interesante la perspectiva a la que apuntan casi todos, por su contenido: una importante alteración de conciencia, en cuanto complementaria, para un conocimiento más profundo y completo de la realidad.
Por mi parte añadiría la importancia de la forma ritual, excepcional, de usar plantas de poder los pueblos indígenas. Es decir, sin ninguna relación con el uso festivo con que se ha usado mayoritariamente en Occidente. Por el contrario, en la visión indígena tiene un significado curativo, exploratorio de lugares, pérdidas, motivos, y también para conocerse a sí mismo, su papel en la comunidad, su sitio en el mundo, o alguna visión orientativa en momentos especialmente confusos o conflictivos. En todos estos casos se hace de manera puntual y con un objetivo concreto. Lo contrario de lo rutinario que acompaña el uso, a veces, en occidente, y mucho menos la adicción que encadena, en lugar de liberar.
Coleridge
El cuento de Coleridge habla de la vida nómada de Caín, tras el asesinato de su hermano. Del malditismo. De fundir la luz solar y lunar, de fundir contrarios. Y la insólita hipótesis, en boca del fantasma de Abel, de que el dios de los vivos –que le quería- es distinto del dios de los muertos, que le rechaza.
Thomas de Quincey, famoso por su libro “Confesiones de un inglés comedor de opio” donde relata, conmovedoramente, las causas y consecuencias de su adicción, está representado por un texto visionario de potentes imágenes, como por ejemplo un carro romano cabalgando a lo largo de una catedral.
Poe, en su relato “cuento de las montañas escarpadas” habla de un hombre que, tras tomar morfina, tiene una visión en la que se ve muerto por una flecha en unos disturbios en Oriente. Duda si está soñando, pero está seguro de estar despierto y así se lo cuenta a un médico que tiene un amigo, igual físicamente a su paciente, que acaba de morir de un flechazo en unos disturbios en Oriente. Y, como siempre en Poe, la atmósfera de sus relatos está por encima de su contenido, o los desborda, con la avasalladora fusión de múltiples realidades. Una fusión sentida dolorosamente como el lado hondo, incomprensible de la vida, que siempre se revela más laberíntica que los sueños que a veces la invocan.
Poe
Tras un cuento de Mangan, que refleja el terror ante el absurdo de ver crecer la nariz de un vecino de mesa, en un bar, hasta el punto de amenazar la existencia de la ciudad de Dublín donde están, viene el relato de Théophile Gautier en el que narra propiamente una sesión del club del hashish que da título al libro.
Se trataba de unas reuniones periódicas en el hotel Pimodan de París, en las que se reunían escritores como Nerval, Baudelaire, Rimbaud..., para experimentar con el haschisch. Incluso convencieron una vez a Balzac para que fuera, aunque se negó a probar nada.
La experiencia de Gautier es abiertamente alucinógena (no es de extrañar, pues no lo fumaban sino que se lo comían a cucharadas). Tiene además los efectos de una alteración de conciencia fusionadora: Gautier se convierte en lo que ve, los sonidos tienen formas coloreadas, etc. También se presenta el típico efecto de alteración de la percepción del tiempo (tarda en recorrer un salón 10 años) y se encuentra a un grupo de gente que afirma que el tiempo ha muerto. Y entremezcladas imágenes surrealistas como los peldaños blandos de una escalera.
Nerval
Nerval relata un cuento egipcio, en el que se afirma que el hashish hace que los humanos crean en prodigios y aparece un curioso personaje enamorado de su hermana y que afirma ser Dios, ante el escándalo de sus oyentes.
El texto de Rimbaud es, como siempre, potente y visionario: “Comenzó entre risas de niños y así terminará (...) Comenzó con toda la zafiedad del mundo y mirad que termina con ángeles de fuego y hielo”.
Claude Farrère nos relata un cuento en un fumadero de opio en una casa nueva, simple y fea. Pero en ese escenario tan banal sucede sin embargo un prodigio inexplicable, tan sobrecogedor que nadie se atreve siquiera a comentarlo. Una mujer desnuda, sin apenas saber leer ni escribir, empieza de repente a hablar en latín.
Yeats, el poeta irlandés, nos habla de manera mágica de los 3 Reyes Magos de Oriente. Tres ancianos viajando a pie y de noche “a horas en que los inmortales están despiertos”. En sueños, una voz les dice que vayan a París donde una mujer agonizante les revelará los nombres secretos de los dioses, “que pueden ser dichos perfectamente sólo cuando la mente está embriagada de ciertos colores, olores y sonidos”. Y añade: “Tal vez el cristianismo fuese bueno y al mundo le gustase, ahora está desapareciendo y los inmortales comienzan a despertar”.
Yeats
Alister Crowley, ese personaje histriónico por su deliberado deseo de provocación, tras una pipa de opio se durmió y soñó con el relato que escribió nada más despertar: “La estratagema”. El relato de un viajero, insolente e insólito, que le cuenta a un inglés (tras alarmarle con la confesión “tal vez sea un asesino convicto”) una delirante temporada carcelaria, de la que escapó gracias a la estratagema de un loco. En realidad ese es el tema de su cuento: dónde empieza y acaba lo racional y su diferencia con lo razonable.
Kerouac aporta uno de sus textos con forma de río mental de respiración contenida, él también cabalgando (como Coleridge) con un caballo blanco por las callejuelas de una pequeña ciudad.
Kerouac
Allen Gisberg relata una toma de ayahuasca en un grupo con chamán, en la selva peruana. Comentando sobre sus efectos: “Cuando ‘viajas’ penetras en internos corredores, entras dentro del corazón”.
Timothy Leary, psicólogo con un antes y un después en su vida, tras la toma de unos hongos alucinógenos, habla en su texto sobre el efecto de un viaje con LSD, que podría resumirse en su frase: “Todo es conciencia”. Para él como para Alan Watts tomar LSD es como un rito sagrado y un acto político. Y sus intentos de investigación de los efectos de las drogas fueron sistemáticamente hostigados por la policía.

Dylan y Gisberg
Alan Watts busca, en su texto, la identidad de ese que es consciente. Texto muy interesante y orientalista con fuertes sentimientos panteístas. “En el fondo, no hay manera de separar el yo mismo de lo otro. Empiezo a percibir que el yo y lo otro, lo habitual y lo extraño, lo interior y lo exterior, lo previsible y lo imprevisible se implican mutuamente”.
Craddock tiene un delirante relato en el que un tipo que toma ácido se siente Dios y se pasa los días agotado haciendo que el sol salga y se ponga y lo mismo la luna y las estrellas, etc. Y empieza a leer de todo incansablemente, por primera vez en su vida. Y hay un mensaje escrito sobre la arena de una playa, en el que se pide a Dios que se ponga en contacto con él y para ello se apunta a continuación su número de teléfono.
Dibujo de William Blake
Andrew Weil diserta sobre las diferencias entre lo que llama pensamiento “pirado” (bajo los efectos de drogas) y el pensamiento racional, por ejemplo sobre la ambivalencia natural en el pensamiento pirado, cosa que afirma el zen. “Experimentamos las cosas directamente, vemos contenidos internos más bien que formas exteriores”. Y añade dos frases maravillosas, una de Lao Tsé (el autor del libro cabecera del zen “El libro del Tao”): “Aquel que prefiriendo la luz,/ prefiere también la oscuridad,/ tiene en sí mismo la imagen del mundo./ Y, por ser imagen del mundo,/ es continuamente, sin fin,/ la morada de la creación”. Y otra del poeta William Blake: “Si las puertas de la percepción estuviesen despejadas, todas las cosas se le aparecerían al hombre como son: infinitas”.
Paul Bowles en su relato “El viento en Beni Midar” nos habla de unos hombres de la montaña que bajan a un café, y tienen que ponerse a bailar porque la música les posee. Podían hacer sólo lo que la música les decía que hicieran.
Paul Bowles
En el relato de Terry Southern, a un sustituto de un redactor enfermo, de una revista de Nueva York, amante de sustancias añadidas, se le ocurre leer todos los textos enviados por la gente que antes iban directamente a la basura. Eso no es todo, acabará escribiendo un texto impublicable, sobre la muerte de Kennedy, por grotesco e irreverente.
De Hunter S. Thompson aparece un fragmento de su famoso “Terror y asco en Las Vegas”, en el que dos tipos que, van colocados hasta las cejas, recogen a un autoestopista y tratan de convencerle de que todo va bien sin que se note que van colocados y los intentos resultan ser todo menos tranquilizadores. Nada especial, la verdad, tiene este fragmento (ignoro el resto de la novela porque no la he leído).
En cuanto al texto de John Lennon no tiene el menor interés, hubiera sido mejor sacar cualquiera de sus muchas letras de canciones. Las tiene y algunas, junto con la música, creadas bajo los efectos de añadidos. Como él mismo reconoce en el libro “Lennon recuerda” (larga entrevista hecha poco después de la separación de los Beatles) ante la pregunta “¿Cuánto duró el LSD?”, él responde: “Duró años. He debido hacer mil viajes... Solía tomarlo a todas horas”.
Lennon
En el relato de Smokestack El Ropo, colaborador de Rolling Stone, titulado “Fábula tercera” se habla de un tipo que va a comprar a un camello, con fama de liante. Tiene, efectivamente, el aire de fábula atemporal con detalles como que el camello sea un gigante que vive en una cueva y el camino que recorren juntos.
Jerry García, compositor y guitarrista del grupo Greatful dead, de tortuosas y filosóficas letras, aparece entrevistado por la revista Rolling Stone. Una de sus frases: “No estoy hablando de estar inconsciente o ido. Estoy hablando de ser plenamente consciente”.
Y cierra la antología un texto muy interesante de Aldous Huxley, donde alude a la importancia de una percepción pura, sin condicionamientos culturales. Para él la alteración de la conciencia inducida por los alucinógenos ayuda a vivir. Menciona a los que a veces perciben así: artistas, visionarios y místicos. Y cita al filósofo Plotino: “la otra forma de mirar, de la que todos no han hecho sino muy poco uso”.


En resumen un libro políticamente incorrecto, porque algunos textos recomiendan el uso de drogas aunque, en general, de manera puntual y especial, cuyo mayor interés reside en su exploración de las diversas formas posibles de percepción del mundo y las consecuencias vitales que implican. Y es que está editado a finales de los setenta, una época en la cual se trataba de investigar de manera trascendente en la materia, aunque ya estuviera divulgada por entonces la toma puramente lúdica de drogas (pero menos que ahora, cuando prácticamente es la única, y errónea, manera de tomarlas). Esta puntualización es muy importante, sobre todo en cuanto a los alucinógenos, pues son sustancias radicales, peligrosas, cuando no adulteradas de manera letal.
Baudelaire
Sobre todo si se trata de alucinógenos tribales (como ayahuasca, peyote, hongos, etc.), que deben tomarse exclusivamente en el contexto chamánico que les es propio, pues es allí donde se podrán encontrar los apoyos necesarios para una buena experiencia, además de completa. Abstenerse de tomarlas en occidente sin la guía de un auténtico chamán, muy difícil de encontrar aquí, aunque hay peligrosos tipos que pueden engañar en el mejor de los casos para sacar el dinero (mucho) estafando, y en el peor hacer tomar sustancias peligrosas y/o mortales. La cantidad de la toma es además decisiva y si se sobrepasa mínimamente resulta directamente mortal.



Yo lo descubrí hace años en la editorial Edhasa. Actualmente lo ha reeditado la editorial Miraguano, con un texto a modo de epílogo de Antonio Escohotado.

viernes, 11 de noviembre de 2016

El insondable libro de Lucia Berlin 'Manual para mujeres de la limpieza'

Por Tesa Vigal

Lo creativo es un intento de explicar el mundo, una meta que nunca llega a alcanzarse. También ahí la meta es el camino, y en esa exploración inacabable, más grande según se profundiza, a veces el material de partida es la propia vida del autor, aunque en realidad eso siempre está presente, incluso en las historias de tema aparentemente distinto. 



En el caso de Lucia Berlin, el enfoque sobre su vida resulta inclasificable porque tiene la hondura, el laberinto del propio tejido vital. Ella, a diferencia de aquellos que sólo consideran datos y objetos, en visiones superficiales y por tanto falseadas, nada en aguas subterráneas.

Esa mirada sutil, inquieta doblemente al partir de momentos cotidianos, empapándolos de asombro, misterio, espirales de melancolía, pasos perdidos, contradicciones fértiles, desolación de callejones sin salida, ambivalencia, o rotundidad. Como la de ciertos finales de algunos de sus relatos. En uno, atendiendo a un paciente grave en el hospital: "Se aquietó en mis brazos, resoplaba y roncaba suavemente. Acaricié su espalda tersa. Se estremeció, lustrosa como el lomo de un potro soberbio. Fue maravilloso". 


En algunos de los relatos de 'Manual para mujeres de la limpieza', ambientados en lugares y épocas donde vivió (California, Chile, Nueva York, Nuevo México, Texas...) se combinan humor y tristeza en mezclas imposibles, trémulas, reales. Otros, ironizan con ternura, recogiendo con portentosa sobriedad lo absurdo de las monjas de un colegio, lo entrañable de un viejo indio en una lavandería, la crueldad de su madre, la chifladura de su abuelo, lo delirante de ciertos desamparos, lo abismal de la conmovedora amistad infantil, la comunicación en el silencio, el silencio lleno de palabras, la aspereza del alcohol devorándolo todo, el idealismo de una gringa en Sudamérica, la alegría desesperada, la conexión inevitable, buceadores tropicales, clases de literatura, recepción de un hospital, la heroína de un marido esparcida sobre el lavabo, libros de misterio, arena roja, autopista distante.
¿He dicho ya que es un libro único?    

martes, 13 de septiembre de 2016

El palacio de la luna, de Paul Auster


Por Tesa Vigal

En esta historia, que acabo de releer con el mismo efecto hondo de un roce del destino sobre los hombros, hay una frase que podría resumir los pasos del protagonista: "uno no puede fijar su posición exacta en la tierra si no es por referencia a un punto en el cielo". Y esa operación necesaria de todo viajero  que no sea turista (excepto si quieres que el gps te guíe, o te pierda, en lugar tuyo) equivale a lo que Marco Fog, adolescente y luego joven, pregunta al mundo con su decisión de acabar de vender la herencia de su tío, saxofonista, las cajas de libros después de leerlos, que le han servido como muebles en su apartamento y han sido comprados por un librero llamado Chandler (como el autor atmosférico de novela negra, creador de Marlowe el detective más melancólico). Ya no le queda dinero para pagar el alquiler y decide irse a vivir a Central Park, sin avisar a nadie, para observar si el mundo responde moviendo ficha, o no, y en caso afirmativo cuál es la respuesta.


Y las vibraciones (en el lenguaje del tiempo de la contracultura en que comienza la historia, año 1969), el magnetismo de su desesperada osadía tendrá una respuesta larga, laberíntica, en realidad varias una dentro de otra, como mis libros favoritos de Auster, bailando con el destino en esos bailes escurridizos, enigmáticos, sorprendentes, que tanto le gustan (al destino, aunque no exista).

Es lo que tiene tocar fondo, o un callejón sin salida, o la desaparición del suelo bajo los pies, todas ellas situaciones excepcionales y, en esos casos y sólo en ellos, el universo también se mueve. No sólo con la aparición de amigos y un curioso trabajo con resultados varios con un punto ambivalente, sino con la incursión en el pasado de otros, además del suyo. Porque la historia que le cuenta su jefe, un viejo imprevisible y arisco en silla de ruedas, rebosa una portentosa atmósfera protagonizada por un pintor visionario que vivió en una cueva del Oeste. Y ese tipo de historias, como también la otra historia paralela en la que está contenida la de Marco Fog, despliega tentáculos de un momento a otro, de un espacio a otro, de un plano a otro, de un espejo a otro...


La fluidez de Auster es en este libro especialmente envolvente, con el ambiguo destello que lanzan las preguntas más íntimas de huella irreversible. No es casualidad que Marco y su tío antes de morir, elaboren mapas imaginarios a contrapelo de la naturaleza: "la Tierra de la Luz Esporádica, por ejemplo, y el Reino de los Tuertos". Pero eso sucede al principio del libro y, sin embargo, leyéndolo tuve la sensación de que toda la historia se desenvolvía como consecuencia involuntaria de ese tipo de acciones inusuales, conectando todo de manera irrepetible.

A Marco se le ocurre pensar que "no se podía separar lo interior de lo exterior sin causar grandes daños a la verdad". Y una frase del viejo en la silla de ruedas: " de pronto, sin la menor sombra de duda, comprendí que mi vida era mía, que me pertenecía a mí y a nadie más. Estoy hablando de libertad". Un vértigo parecido al del visionario pintor en su cueva: "nadie vería nunca aquellos cuadros. Eso era inevitable, pero, en lugar de atormentarle con una sensación de inutilidad, parecía liberarle". Y el párrafo final del libro, cuando Marco Fog quizás conecta con la cadena que ha conectado todo, incluyendo las extravagantes normas que el viejo le dicta para ir al museo de Brooklyn, donde está uno de los cuadros salvados del pintor visionario. Incluyendo el alunizaje ese verano del 69 del Apolo 11 en la luna, su apuesta por el caos en los días de Central Park, su amante perdida, viajar en el metro con los ojos cerrados y en silencio, las llamadas no atendidas en la puerta, la secreta vida de su madre muerta. Incluyendo El palacio de la luna, el restaurante chino donde ha comido con un amor perdido: 
"Era una luna llena, tan redonda y amarilla como una piedra incandescente. No aparté mis ojos de ella mientras iba ascendiendo por el cielo nocturno y sólo me marché cuando encontró su sitio en la oscuridad".

 

sábado, 16 de julio de 2016

'La condena' de Kafka


Por Tesa Vigal

Lo que me impresiona de Kafka es su afán, desesperado, por entender lo que no encaja en la supuesta lógica humana. Por ejemplo lo absurdo, lo tiránico de la autoridad cuando rechaza y agrede a todo aquel que se desmarca, pensando libremente. Ese dolor lo conoció muy de cerca en su relación con su padre, tema que trató en concreto, personalmente, en ‘Carta al padre’. Y que siguió explorando en el resto de su obra, en busca de significados, o tan sólo constatando, con una atmósfera mezclada de fragilidad, seca lucidez, perpleja ternura, desolación. En ‘La condena’ se reúnen la mayoría de sus relatos cortos, algunos apenas un párrafo.

Para conocer datos sobre su vida hay abundantes libros y páginas en internet. Por eso, como en la mayoría de autores de este blog, me limito a contar mis impresiones como haría charlando con un amigo sobre libros especiales. Tanto que los recomiendo, por si acaso a alguien le apetece leerlos y llega a disfrutar con ellos tanto como yo. A mí me encanta que me descubran cosas.

La Praga de Kafka, su museo
También me seduce de sus textos la importancia de lo sutil, de los matices (en ellos radica la inteligencia de las cosas), de ahí la constante, marcada separación entre comprender y justificar, algo que muchas personas aún usan como equivalentes con todo el peligro de la vieja actitud de “el fin justifica los medios”. Algo que me da mucho miedo. Creo que a Kafka también, sobre todo cuando viene envuelto en las temibles buenas intenciones, causantes a veces de tanto dolor.

Versión en cine, Orson Welles, de su novela
Comprender algo es quitarle poder, el poder de lo desconocido, de lo impenetrable, sobre todo si se trata de un dolor que nos han causado. Al entenderlo su efecto disminuye, incluso llega a desaparecer y esto es lo más deseable si el daño recibido ha sido devastador. Ese tipo de dolor intenso suele suceder más en la infancia, acompañado por la desoladora sensación de lo absurdo, de algo desconocido viniendo de no se sabe dónde (sobre todo si ese daño lo origina alguien que supuestamente nos quiere, nos protege, un padre sin ir más lejos).

Lo desconocido se escapa a nuestro control, pero cuando se aplica a personas es inevitable asimilarlo, gestionarlo, reaccionar como se pueda, por eso puede llegar a fascinarnos y al mismo tiempo llenarnos de un miedo que empape nuestra vida. Pero si se llega a conocer su mecanismo, su origen, desaparece el poder de lo incomprensible, incluso puede convertir a la persona, antes temible, en alguien patético de quien hay que defenderse.

Frase suya
Por eso jamás debe confundirse con la justificación. Por el contrario, hay que señalar al causante del dolor y alejarse de esa situación, o persona. Aunque la condena, como se refleja en el primer relato del libro con el mismo título, se revele absurda, desvele contradicciones, incluso desemboque en callejones sin salida.

Pero la huella del dolor es alargada y es difícil alejarse de ella. En algunos relatos, Kafka parece rozar la comprensión anhelada, incluso hay uno donde parece invocar la libertad y la maravilla, a modo de grito de guerra: ‘Deseo de ser piel roja’. Es mi favorito del libro, me emociona, y es tan corto y fascinante que lo cito aquí:

“Si uno pudiera ser un piel roja, siempre alerta, cabalgando sobre un caballo veloz, a través del viento, constantemente sacudido sobre la tierra estremecida, hasta arrojar las espuelas porque no hacen falta espuelas, hasta arrojar las riendas porque no hacen falta riendas, y apenas viera ante sí que el campo era una pradera rasa, habrían desaparecido las crines y la cabeza del caballo”. Fusión total con la tierra, con sus seres, formar parte de ella, visión sioux.

Pero en otros, Kafka parece vencido, o perdido en el laberinto. Como en el desolador ‘Ante la ley’, especialmente sutil porque bucea en la necesidad de sentido, de significado, de nuestro lugar en el mundo, concretada en ese campesino que espera largos años ante la puerta de la ley:
“-Todos se esfuerzan por llegar a la ley- dice el hombre -¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?
El guardián comprende que el hombre está por morir y, para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice al oído con voz atronadora:
-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla”.

Sí, es como un sueño, con toda su enorme carga de emoción, símbolos vivos, intimidad y sin embargo ese toque pavorosamente neutral de nuestro cuaderno de bitácora nocturno.

Quizás esa misma búsqueda de significado se aplicara a sus propios escritos, y por eso vino la petición a su amigo, Max Brod, de que los destruyera tras su muerte, en 1924, a los 40 años. Su amigo no le hizo caso y, gracias a ello, ahora se conocen los escritos de Kafka. Este es otro gran tema que le hubiera encantado a Kafka: ¿su amigo se comportó lealmente al no respetar su deseo, o por el contrario fue un traidor?
   

domingo, 15 de mayo de 2016

Libro fronterizo: 'Picnic en Hanging Rock' de Joan Lindsay


Por Tesa Vigal

En la frontera de la crónica, la exploración y el hechizo. La atmósfera resultante fascina tanto como su versión llevada al cine por Peter Weir. Y es tan misteriosa como la propia montaña australiana del título, uno de esos lugares que se revelan especiales, ambiguos, poderosos, por los efectos impredecibles sobre las personas que pasan, o se pierden, por allí.

Como les sucede a las cuatro alumnas de un internado de señoritas, en la Australia de 1900. Dos reaparecen poco después, aunque sin recordar nada ni poder explicar nada. A las otras dos se suma una de las profesoras de la excursión, quizás al ponerse a buscar a las adolescentes, cuando se dieron cuenta de su ausencia a la hora de volver al colegio. Aunque, por otra parte, los relojes que llevaban profesoras y cochero se habían parado al llegar a la montaña, hecho frecuente en la gente que se pierde en extrañas circunstancias, en determinados lugares (por cierto, también en España hay sitios con igual fama y parecidas leyendas, por ejemplo La Mussara, o el Barranco de Badajoz entre otros...). 

Película de Peter Weir

Publicado en 1967, incluye una curiosa nota de la autora que sugiere su propia perplejidad ante la historia. En la nota indica que el lector tendrá que decidir si es una historia real o ficticia. Y es que, en efecto, tiene la peculiaridad de que muchos la siguen tomando como verdadera, aunque no puede probarse, lo que me sugiere el poder de las leyendas surgido de cierta verdad que encierran, aunque haya sido modificada, o enriquecida, a lo largo del tiempo. 

Esa es la actitud con la que se narra la historia, un intento sobrio de explorar lo inexplicable a través de los hechos, la visión de cada persona involucrada, o como testigo de los demás personajes. Todos desbordados por la sombra alargada de lo extraordinario, por misterioso, en la vida de cada uno y del propio colegio. 

Hanging Rock en Australia

Hay lugares que atrapan, como dicen los indios. También podría haber lugares que contienen puertas dimensionales, de las que habla ahora la física cuántica, y antes muchos pueblos llamados primitivos. También se puede tratar de explicar como muertes por caídas en simas, o lugares no encontrados, pero a mí me interesa la insistencia de las leyendas en torno a ciertos lugares. Concretos. En la narración se hace hincapié en el efecto global que tuvo el caso de la desaparición, afectando también a personajes secundarios, directos o indirectos y es uno de los detalles que marcan su honda sensibilidad. Y no sólo a personas, sino a todo lo demás, como en el siguiente párrafo, a mitad del libro, no al principio como lo colocarían otros autores convencionales:

Película Peter Weir


"El picnic perturbó el normal desarrollo de sus vidas, en algunos casos de un modo violento. Y lo mismo sucedió con innumerables criaturas de presencia mucho más insignificante. Arañas, ratones, escarabajos... También ellos se escabulleron, se ocultaron o salieron corriendo aterrorizados, de manera parecida pero a una escala más pequeña. La trama comenzó a urdirse en el colegio Appleyard en el mismo instante en que los primeros rayos de luz del día de San Valentín cayeron sobre las dalias, y las alumnas se levantaron para ver lo espléndida que era la mañana... Y luego siguió extendiéndose, abriéndose en un profundo e intenso abanico..." . 

Creo que esa es la actitud de todo libro o película que cala hondo, al corresponderse con la intención exploradora sobre la propia vida, o de los otros, aplicada a circunstancias, hechos, incluso etapas. Una mirada...
Esta es la cita de Allan Poe que abre el libro: "¿Es todo lo que vemos o parecemos algo más que un sueño dentro de un sueño?" 

viernes, 25 de marzo de 2016

'El Horla y otros cuentos' de Guy de Maupassant

Por Tesa Vigal

Maupassant, nacido en Francia en 1850 tuvo una infancia difícil, con un padre violento y mujeriego y una madre neurótica. Heredó una enfermedad de origen venéreo que, posiblemente, le provocó al final de su vida la locura. Ese estado casi siempre relativo, escurridizo y fronterizo. Fue expulsado de un colegio religioso por una poesía irreverente y su adolescencia fue muy movida, entre vagabundeos, borracheras, lecturas… Flaubert, amigo de la familia, le ayudó positivamente en su futura carrera como escritor. 



En su juventud estuvo empleado en el ministerio de marina y no soportaba esa gris vida de funcionario. Gracias a la influencia de Flaubert consiguió colaboraciones en algunos periódicos y revistas, firmadas con seudónimo. En esa época escribió varias obras de teatro de carácter erótico. Ese aspecto de la vida le obsesionaba, quizás influenciado por su padre, y se dedicó a conquistas amorosas puramente sexuales de las que se enorgullecía. Frecuentó por igual a prostitutas y a damas de la alta sociedad y sus cuentos reflejan perfectamente esa dualidad de ambientes.

Su primer relato fue “Bola de sebo” en 1880, aparecido en el volumen de Las velas de Médan. Una especie de manifiesto del naturalismo, del que Maupassant pronto se despegó, trascendiéndolo. Sus relatos van mucho más allá de eso. El volumen estaba escrito por varios de los escritores que formaban el grupo Médan, presidido por Zola y al que solía asistir Huysmans, el famoso autor de “Al revés” citado como libro de cabecera de Dorian Gray, el protagonista de la novela de Oscar Wilde. Sin embargo en el grupo nadie esperaba nada de Maupassant.


En 1881 publicó su primer libro de relatos: “La casa Tellier”. Luego “Mademoiselle Fifi” en 1882, “Una vida” en 1883, “Cuentos del día y de la noche” y “Bel ami” en 1885, cuyo tema es el arribismo social. Después “Mont Oriol” de 1887 y “El horla”, “Pierre et Jean” de 1888, “Fuerte como la muerte” de 1889.

El éxito le proporcionó no sólo dinero sino nuevas y abundantes aventuras amorosas y el codearse con la buena sociedad. Realizó largos y solitarios viajes por Italia, África, Inglaterra… En 1883 nació su primer hijo de una chica aguadora de uno de los balnearios que frecuentaba. Tuvo con ella otros dos más pero nunca los reconoció, aunque se ocupó de ellos monetariamente.

En sus últimos tiempos sus relatos reflejan más que nunca sus obsesiones: la muerte, en concreto el suicidio, lo invisible, lo angustioso y amenazante. Hablaba de Dios y los humanos no sólo de manera pesimista sino violenta. Esto se acentuó en un periodo solitario del que salió su relato “El miedo”.



En una sola noche de 1892 intentó tres veces cortarse el cuello con un cortaplumas, tras otro intento de suicidio con una pistola. Fue internado en una clínica psiquiátrica durante el último año de su vida, en la que pasó de periodos de inconsciencia a otros de violencia extrema y camisa de fuerza, y delirios paranoicos o de grandeza. Murió en 1893, a los 43 años.

Sus relatos
El clima emotivo de cualquiera de sus cuentos es asombroso, además de usar potentes imágenes llenas de sutil imaginación consigue crear la atmósfera en muy pocas frases. Su intensidad es portentosa y las situaciones mismas de sus cuentos poseen una originalidad que se asemejan a las de Marcel Schwob (ver en este blog  ‘http://librosconaliento.blogspot.com.es/2015/03/corazon-doble-y-el-rey-de-la-mascara-de.html).

En cuanto a la manera de enfocar lo extraordinario en la vida cotidiana (tema del libro de cuentos El Horla) es profunda, sutil y real. Real porque el enfoque está siempre en la persona que lo experimenta y, por tanto, remite al misterio de la naturaleza incluyendo el laberinto humano. Y esa es su objetividad, aunque parezca contradictorio, ya que lo real es la experiencia, sea ésta subjetiva o no. Es más, se deduce de sus relatos que lo objetivo es lo subjetivo, que lo único que existe es la experiencia personal, la percepción.

Y el misterio está en lo insólito, sea o no sea extraordinario. Por ejemplo en el Horla se habla de un ser invisible y desconocido (y por tanto nada que ver con muertos ni fantasmas), que entra en la vida del protagonista modificando su realidad y su vida cotidiana y mostrando así su irrupción.

En el relato “Aparición”, el deseo y motivo de la presencia de un fantasma (aquí sí se trata de eso) es que el humano que lo ve le peina su larga cabellera, emergiendo un perturbador clima sensual, que también apunta a la misteriosa costumbre de seres acuáticos como ondinas y sirenas de peinarse durante horas y horas, y de ahí a la rica simbología del pelo como fuente y expresión de la fuerza (no sólo física, sino como poder personal) y la sensibilidad.



En “Él” la visión es la de una figura que, de espaldas y sentado en su sillón, ha sustituido una noche al dueño de una casa, quien a partir de ese momento no puede quedarse solo porque el horror a lo “cercano desconocido” se ha instalado para siempre en su vida, haciéndole tomar la decisión de casarse.

En “Magnetismo” un hombre sueña un sueño apasionadamente erótico, acostándose con una conocida en la vigilia, a la que hasta entonces no ha prestado ninguna atención por resultarle indiferente. La fuerza de las sensaciones oníricas lo empuja al día siguiente a visitarla y el encuentro entre los dos, nada más verse y como si los dos “supieran”, se transforma en una realización del sueño.

En “Loco” un juez empieza a justificar a los asesinos víctimas de sus sentencias, y de ahí pasa a justificar el asesinato como un instinto innato, y finalmente el deseo de ver correr la sangre por su mano se apodera de él. Pero lo más asombroso e inquietante es cómo se describen, en primera persona, las sensaciones de placer embriagadoras al contacto con la sangre y la exaltación como efecto transformador.

En “¿Quién sabe?” la historia es contada por su protagonista, recluido voluntariamente en un manicomio porque tiene miedo de enloquecer. Y es que su experiencia es la de ser testigo una noche, de regreso a su casa, del desfile de sus muebles huyendo llenos de vida de ella, y al día siguiente recibir en el hotel, donde ha decidido pasar la noche, la noticia del robo de todos sus objetos.



Todo está vivo, nada es lo que parece, lo insólito acecha tras lo cotidiano, lo absurdo reina sobre la lógica, mejor dicho tiene su propia lógica, la sensatez vive al borde de un abismo de locura o delirio, el corazón humano no tiene fondo, el motor de la vida es tan misterioso e inaccesible como la naturaleza de los deseos, la intensidad se reparte por igual entre los vivos y entre los muertos. La negrura reina y acecha sobrevolando la vida, tanto por oscura como por desconocida. La fragilidad es compañera del movimiento vital. El universo es insondable y la locura tan normal que eso es lo que la envuelve en miedo. La soledad está superpoblada y el aislamiento amenaza en medio de una multitudinaria fiesta. La muerte es tan consoladora como reveladora. Lo cotidiano tan insufrible como abismal. Ese es el universo de Maupassant.