lunes, 28 de agosto de 2017

Bailar es desde dentro hacia fuera. 'Mi vida' de Isadora Duncan

Por Tesa Vigal

Vanessa Redgrave en 'Isadora de Karel Reisz
“No existen empalizadas en el cielo… / soy una antorcha erguida…” (Bob Dylan, ‘Mr. Tambourine man’)

Es decir, sin pasos aprendidos, algo que puede ser divertido, pero no es bailar de verdad. Eso tan mágico que convierte tu cuerpo en música.
Nació en San Francisco, en 1877, pero hay gente que nace en una época, y pertenece a otra. Los hay, además, que tienen algo en común con la propia y esa mezcla de tiempo sin tiempo los convierte en canales irrepetibles, por donde fluye una obra creativa, forzosamente revolucionaria.

Ese es el caso de alguna gente que me gusta, como Don Quijote, Rimbaud, Dylan, Kafka, Buñuel… Isadora Duncan.
Supongo que, en la antigua Grecia, hubiera sido una rebelde hetaira, pero tenía en común con su tiempo la convulsión transformadora, el romanticismo imaginativo de los movimientos artísticos de finales del siglo XIX y principios del XX, y el punto personal de una pasión arrebatada que a veces puede confundirse con ingenuidad delirante, o afán trascendente. De ambas cosas, Isadora hubiera podido participar encogiéndose de hombros, aunque las sobrepasaba sin poder evitarlo.

Pero me parece que su cualidad esencial, la que posibilitó que lograra expresarse en el mundo y encontrar su sitio, era saber lo que quería de la vida (a veces es tremendamente difícil tenerlo claro). Por ello, la encantadora, culta, sensible hetaira se convirtió en bailarina revolucionaria, y lo dionisíaco de sus queridos dioses griegos acompañó su aventura.

Me parece que el espíritu de la contracultura estaba ya contenido en su obra y en su vida, empezando por su fusión arte-vida, en un único camino de partes complementarias. No es de extrañar que fuera contraria al matrimonio y tuviera dos hijos siendo soltera, ambos de destino trágico, como ella misma. Su propia creación, su danza, era un baile que rechazaba por vez primera instrucción y academias, haciéndolo libre, personal, apuntando a su fuente, la expresión fundida de cuerpo y sentimientos.

Con su túnica, sus sandalias, o descalza, apareció en los salones parisinos de americanos, ingleses y por último franceses. A su lado, su excéntrico hermano leyendo poemas, su madre tocando el piano, y su hermana metida en alguna breve conferencia sobre cualquier asunto sorprendente. Grupo encantador, pero inusitado, que tomaron por asalto las calles de Londres y París, gritando en un francés elemental, entre baile y baile: “buscar estudio, buscar estudio”. Ella lo contaba así en su insólito, emocionante libro autobiográfico ‘Mi vida’: “Nos levantábamos a las 5 de la mañana; tal era nuestra fiebre de conocer París. Empezábamos el día bailando en los jardines de Luxemburgo, caminábamos luego kilómetros y kilómetros a través de París y nos pasábamos horas enteras en el Louvre. Raymond tenía ya una carpeta cubierta de dibujos de todos los vasos griegos; invertíamos tanto tiempo en la sala de los vasos griegos, que el guardia empezó a sospechar, y cuando le expliqué, por medio de una pantomima, que yo iba únicamente a bailar, acordó que se trataba de locos inofensivos y nos dejó solos”.

Apunte a lápiz tomado en una
actuación de 1920
Una apasionada fiebre envolvía a su familia, y dejándose arrastrar por Isadora, habían llegado a Europa en un barco que transportaba ganado. Pero, la culminación de esa locura, llegó años más tarde, cuando en tierra griega, sobre una colina próxima a la Acrópolis, arrastraron tras ellos a los sorprendidos griegos que vieron, asombrados, resucitar ritos paganos en el atardecer de verano. Un gallo negro fue sacrificado, justo en el momento en que el sol se hundía. Se oían cantos e invocaciones, y la fiesta duró hasta el amanecer: “Deseábamos que los dioses nos fueran propicios, y con este propósito, en lugar de andar, bailábamos”.

Se podría decir que, como en los cuentos míticos, ella forzó al triunfo a acudir a su lado, de tanto desearlo y tanto creérselo. Puede que influyeran los largos y espontáneos discursos sobre su idea de la danza, con los que envolvía a empresarios, amigos y todo artista que se cruzara en su camino. Y esta continua, intensa llamada, atrajo a su vida a un millonario que hizo de mecenas, y así pasó de las hambrientas buhardillas sin muebles, a poder fundar sus escuelas donde sólo admitía a aquellos aún no distorsionados por la sociedad y mantenían libre su capacidad expresiva: los niños.

Y algo asombroso en esto. Como ella misma reconoció, nunca actuaba de forma precavida ni planeada. Fue el deseo inmediato lo que la movió siempre, y ello, a pesar de adversidades que surgían como resultado. Se daba el gusto de no negarse nada y, a la larga, este método que en teoría está reñido con el principio de la realidad, parece que “mágicamente” fue en su caso la varita con poderes ocultos para los demás. Podría decirse que, realmente, era una elegida por los dioses.

No todos la entendieron, había muchos que aplaudían por tratarse de algo nuevo, o por cualquier otro tipo de esnobismo, o los que lo hacían por imitar a su vecino de butaca. Sin embargo, las demostraciones que tuvo de admiración y auténtica comprensión fueron tan apasionadas como su arte, como ella misma. Cierta vez, en las calles de Berlín, rodeada de estudiantes de arte tras una actuación, les dijo que deberían destruir las horribles estatuas de cierta plaza, y ellos lo hubieran hecho si no hubiera intervenido la policía.

Su baile, era eléctrico, tan sensual como el abrazo más voluptuoso. Su forma de amar era la danza de una bacante, sin existir entre ambas cosas una frontera definida. Todo ese volcarse por entero explica la enorme fuerza de la impresión que producía. Tanta, que algunos hablaban de un aire magnético mientras bailaba, de un auténtico choque que envolvía los espectadores, haciéndoles gritar: “¡Isadora, qué bella es la vida!”. Entrega, la entrega generosa, abandonada, que sólo los fuertes pueden permitirse.

Y, claro, sentía por el ballet una mezcla de horror y rechazo. Cuando conoció a Pavlova, la famosa bailarina clásica, dijo de ella que era “la cumbre de la artificiosidad”. Opinaba que convertía al bailarín en un muñeco mecánico, borrando personas, separando cuerpo de espíritu, impidiendo, en fin, toda auténtica expresión personal, sentida; poniendo en su lugar movimientos estereotipados, producto de gimnasias torturadoras y absurdas.

Esto es lo que ella sentía bailando: “… amplios, hinchados como velas al viento, los movimientos de mi danza me arrastran hacia adelante y hacia arriba, y siento en mí la presencia de un poder supremo que escucha la música y la difunde por todo mi cuerpo, buscando una salida, una explosión. A veces, este poder brotaba con furia, y otras bramaba y me golpeaba hasta que mi corazón se encendía de pasión y yo pensaba que eran llegados mis últimos momentos. Otras veces, me acariciaba tristemente”.

Sin embargo, el baile actualmente sigue siendo estereotipado, sea clásico o el llamado contemporáneo. Parece que Isadora no hubiese existido, aunque creo que es fácilmente explicable. A los niños se les distorsiona y divide para siempre, y sigue imperando la corriente de ideas que identifica el arte con la técnica, algo ridículo, penoso, pero que es lo único que entienden los que no captan el lado profundo del arte, por cuestión de sensibilidad, no de erudición. Siguen imperando las convenciones, no la expresión. Y las personas que así lo creen crecieron de mala manera, sustituyendo en lugar de acumulando como los árboles, sacrificando su lado infantil, lúdico, la base de la persona auténtica. Por otra parte, Isadora fue demasiado única, excesiva criatura digna del mundo de los sueños. Un hecho individual y, como tal, una excepción.

Otro dato es que parece que consiguió la comunicación con alguna gente. Quizás debido al hecho de que, siendo tan insólita, no tenía conciencia de serlo, o si lo sospechó no creía que eso fuera un obstáculo, sino todo lo contrario, en un derroche de desafiante optimismo, que parece reflejarse en su vida envolviéndola en lo mítico.

Esta pagana, reunía como los antiguos griegos la naturaleza desbordante con el amor al pensamiento. Gozando al expresarse de cualquiera de ambas formas. Era lo perfecto dionisíaco. Como un árbol de 1000 años, perdido en la selva.
Isadora con el poeta Essenin
Resulta por tanto conmovedor que, reflexionando sobre su frialdad con cualquier joven que fuera limitado, o “normal”, se llamara a sí misma cerebral. Y es que sólo se arrebataba de amor con aquellos que fuesen tan paganos como ella, tan completos, creativos, viscerales. El poeta ruso Essenin, su amor más célebre, al que conoció ya en su madurez, cuando Essenin era un veinteañero, y que no aparece en su autobiografía, porque acaba justo antes de su viaje a Rusia, donde lo conoció, es un perfecto ejemplo del cariz que solían tener sus relaciones: desmedida, extravagante, escandalosa, trágica, poética.

'Isadora' película
En ‘Mi vida’, así habla de uno de sus amantes: “Encontré en él la carne de mi carne y la sangre de mi sangre. “¡Oh, eres mi hermana!”, solía decirme…”.
Más bien parece que eran sus amantes, los que se asustaban de ella, o bien cedían a los celos artísticos. Y huían. Cuando esto sucedía, ella debía percibir su diferencia como una fuente de la soledad, pero acababa por olvidarlo, consiguiendo una nueva comunicación, hasta que todo volvía a repetirse y la envolvía la angustia más gris y se escapaba al mar: “Siempre tuve pasión por el mar; siempre amé la soledad”. Permanecía aislada largas etapas, luchando contra la misantropía. Hay páginas estremecedoras en su autobiografía, hablando de esos momentos en que se sentía arrastrada hacia la muerte, hacia el agua. En instantes como aquellos, ella debía recordar con tristeza que, sin embargo, adoraba las fiestas hasta el amanecer, como una broma pesada del destino.

Amaba el cuerpo, los poemas de Walt Whitman y lo que Nietzche escribía. Se me ocurre que hubiera escuchado extasiada la guitarra excesiva de Jimmy Hendrix.
En la película ‘Isadora’, de Karl Reisz, la interpretó de manera estremecedora la enorme Vanessa Redgrave. Allí sale reflejada su muerte, en septiembre de 1927, en una escena teñida de ambigüedad, cruzada por la melancolía y la pasión. Poniéndose de pie, en el coche descapotable al que la había invitado un desconocido, la cara al viento de la velocidad en una carretera de la costa de Niza, y echándose hacia atrás el largo pañuelo que llevaba al cuello, mientras gritaba “¡vamos hacia la gloria!”. Con ese movimiento, el pañuelo se enganchó en los radios de una rueda y ella murió estrangulada.
Destino, o no, creo que le hubiera parecido una muerte armónica con ella misma.

  


lunes, 26 de junio de 2017

'Preferiría no hacerlo' decía 'Bartleby el escribiente' de Melville

Por Tesa Vigal

Esta entrada apareció hace tiempo en mi blog cuadernos dionisíacos de la luna pálida, donde meto las cosas que me encantan, o me interesan en el último mes o dos meses, pelis, libros, música, lo que sea). Pero claro, este librito, por su tamaño, inmenso por su alcance inclasificable merece aparecer en mi blog de libros memorables, más allá de tiempo y lugar.

Paso de que el título de la entrada sea obvio, pero es el más exacto.
Me parece que Melville es un escritor de la estirpe soñadora por sus personajes, aunque de la especie cronista por su manera de contar, al margen de lo poético (aparentemente, quizás cuenta la poesía de una forma de actuar).

Sucesión de hechos claros con motivaciones desconocidas.
Seres humanos movidos por un sueño. En esto me recuerda a Conrad. Seguir el sueño hasta el final. Puede que sea eso lo que nos hace humanos. 



El contraste entre el motor íntimo, al margen de lo conveniente, lo práctico o lo sensato y su narración de tinte periodístico resulta una mezcla inquietante, escurridiza.
El capitán Acab de su novela 'Moby Dick' vive para buscar una ballena blanca y según le acompañaba en su peripecia inclasificable se intensificaba la sensación de que era el propio viaje, y no el encuentro, lo que daba sentido a su vida.

El viaje a Ítaca de Kavafis, lo importante es el recorrido y no la meta.
'Bartleby el escribiente' lo leí también en la adolescencia y al releerlo ahora la impresión es la misma, con una diferencia. Uno hace y otro no hace. Uno busca, otro evita. Ambos eligen. La esencia de la libertad.

Pero el escribiente Bartleby parece dar un paso más, porque en su enigmática y turbadora actitud el viaje y la meta coinciden al instante. Cada vez que responde a las peticiones de su jefe con la frase "preferiría no hacerlo" coinciden meta y decisión. Es una negación a seguir un camino ajeno, que comienza y se cumple en el propio momento.

En cuanto a la naturaleza de esa negación no se trata de ninguna reivindicación de condiciones laborales (por muy interesante que sea la vieja actitud pacífica de Ghandi de la resistencia pasiva), sino una expresión íntima de su propio camino, la única forma posible de vivir de verdad su propia vida, asumiendo como natural, e inevitable, que eso es lo único que puede hacer un ser humano en este extraño mundo en el que aparecemos y transitamos. Todo lo demás serían consideraciones prácticas ilusorias en el mejor de los casos, en el peor serían malentendidos que alejarían la posibilidad de la libertad, la base de la satisfacción vital.

Y eso no supone garantía de felicidad, sino sólo de exploración y cuestionamiento perpetuo, que puede acabar bien o mal (como en este relato el final destructivo de Bartleby). Aunque con ello se posibilita la aparición de puertas, mientras que en un recorrido cotidiano convencionalmente impuesto sólo pueden aparecer espejismos.

¿Lo más deseable sería coincidir personalmente con las convenciones de la época?
Sin embargo, el jefe y los demás empleados de la oficina donde trabaja el escribiente acaban usando, involuntariamente, el verbo "preferir" tan querido por Bartleby. Como si en el fondo apreciaran su actitud, aunque sin poder ni querer compartirla.

De ahí la reacción de su jefe al principio desconcertada, luego perpleja, camino a la total turbación. Llegando a plantearse justificaciones para seguir admitiendo en la oficina a ese conmovedor, inquietante empleado. A él también le cala hasta los huesos su serena pero implacable elección y no pudiendo resolverla en su interior, tampoco atina a actuar de manera alguna frente a ella. No puede digerirla y acaba por huir y dejar el desconcierto del escribiente a los siguientes inquilinos de la oficina abandonada. Como lo que se deja en una mudanza, en medio de la casa ya vacía, porque no es basura que se tira pero tampoco se sabe qué hacer con ello y preferimos que sean los siguientes inquilinos los que quizás sepan usarlo. 



Existe una película de 1976 (fito izda), dirigida por Maurice Ronet, aunque no la he visto. Detalle para curiosos. A partir de aquí menciono el final del relato, así que los que no lo han leído mejor que se paren en esta línea.
Dentro de la lógica social occidental no es de extrañar que al escribiente acaben por detenerlo por vagabundo. Me imagino que en otro tipo de sociedad más mágica, cualquiera primitiva con su visión chamánica de la vida toda poblada de espíritus y misterio, una persona así tendría su lugar. Un lugar especial, inusual, pero de acuerdo con lo infinito de la vida.

Quizás la negativa del escribiente, en una sociedad occidental, sólo podía acabar en la muerte, la desembocadura natural de alguien que rechaza una forma de vida impuesta.
Yo prefiero pensar, pero sobre todo imaginar, que sí existen otros ríos,  otros mares, bosques, orillas, cuevas, mundos paralelos...

Un día vi una pintada en la calle. Decía: "la vida es infinito pero no infinita".

miércoles, 12 de abril de 2017

Antología incorrecta y original: 'El club del hashis' (Baudelaire, Rimbaud, John Lennon...)

Por Tesa Vigal

El aroma de la contracultura en este curioso conjunto de textos del siglo XIX y XX, escritos bajo la influencia de hashish, opio o alucinógenos, o bien hablando sobre sus efectos creativos. No se ocupa de la cocaína ni de la heroína, al considerar que los textos existentes relacionados con estas drogas no tienen calidad ni interés suficientes, lo cual ya dice bastante de su diferente naturaleza.
Más que la selección de los propios textos –bastante irregular- es interesante la perspectiva a la que apuntan casi todos, por su contenido: una importante alteración de conciencia, en cuanto complementaria, para un conocimiento más profundo y completo de la realidad.
Por mi parte añadiría la importancia de la forma ritual, excepcional, de usar plantas de poder los pueblos indígenas. Es decir, sin ninguna relación con el uso festivo con que se ha usado mayoritariamente en Occidente. Por el contrario, en la visión indígena tiene un significado curativo, exploratorio de lugares, pérdidas, motivos, y también para conocerse a sí mismo, su papel en la comunidad, su sitio en el mundo, o alguna visión orientativa en momentos especialmente confusos o conflictivos. En todos estos casos se hace de manera puntual y con un objetivo concreto. Lo contrario de lo rutinario que acompaña el uso, a veces, en occidente, y mucho menos la adicción que encadena, en lugar de liberar.
Coleridge
El cuento de Coleridge habla de la vida nómada de Caín, tras el asesinato de su hermano. Del malditismo. De fundir la luz solar y lunar, de fundir contrarios. Y la insólita hipótesis, en boca del fantasma de Abel, de que el dios de los vivos –que le quería- es distinto del dios de los muertos, que le rechaza.
Thomas de Quincey, famoso por su libro “Confesiones de un inglés comedor de opio” donde relata, conmovedoramente, las causas y consecuencias de su adicción, está representado por un texto visionario de potentes imágenes, como por ejemplo un carro romano cabalgando a lo largo de una catedral.
Poe, en su relato “cuento de las montañas escarpadas” habla de un hombre que, tras tomar morfina, tiene una visión en la que se ve muerto por una flecha en unos disturbios en Oriente. Duda si está soñando, pero está seguro de estar despierto y así se lo cuenta a un médico que tiene un amigo, igual físicamente a su paciente, que acaba de morir de un flechazo en unos disturbios en Oriente. Y, como siempre en Poe, la atmósfera de sus relatos está por encima de su contenido, o los desborda, con la avasalladora fusión de múltiples realidades. Una fusión sentida dolorosamente como el lado hondo, incomprensible de la vida, que siempre se revela más laberíntica que los sueños que a veces la invocan.
Poe
Tras un cuento de Mangan, que refleja el terror ante el absurdo de ver crecer la nariz de un vecino de mesa, en un bar, hasta el punto de amenazar la existencia de la ciudad de Dublín donde están, viene el relato de Théophile Gautier en el que narra propiamente una sesión del club del hashish que da título al libro.
Se trataba de unas reuniones periódicas en el hotel Pimodan de París, en las que se reunían escritores como Nerval, Baudelaire, Rimbaud..., para experimentar con el haschisch. Incluso convencieron una vez a Balzac para que fuera, aunque se negó a probar nada.
La experiencia de Gautier es abiertamente alucinógena (no es de extrañar, pues no lo fumaban sino que se lo comían a cucharadas). Tiene además los efectos de una alteración de conciencia fusionadora: Gautier se convierte en lo que ve, los sonidos tienen formas coloreadas, etc. También se presenta el típico efecto de alteración de la percepción del tiempo (tarda en recorrer un salón 10 años) y se encuentra a un grupo de gente que afirma que el tiempo ha muerto. Y entremezcladas imágenes surrealistas como los peldaños blandos de una escalera.
Nerval
Nerval relata un cuento egipcio, en el que se afirma que el hashish hace que los humanos crean en prodigios y aparece un curioso personaje enamorado de su hermana y que afirma ser Dios, ante el escándalo de sus oyentes.
El texto de Rimbaud es, como siempre, potente y visionario: “Comenzó entre risas de niños y así terminará (...) Comenzó con toda la zafiedad del mundo y mirad que termina con ángeles de fuego y hielo”.
Claude Farrère nos relata un cuento en un fumadero de opio en una casa nueva, simple y fea. Pero en ese escenario tan banal sucede sin embargo un prodigio inexplicable, tan sobrecogedor que nadie se atreve siquiera a comentarlo. Una mujer desnuda, sin apenas saber leer ni escribir, empieza de repente a hablar en latín.
Yeats, el poeta irlandés, nos habla de manera mágica de los 3 Reyes Magos de Oriente. Tres ancianos viajando a pie y de noche “a horas en que los inmortales están despiertos”. En sueños, una voz les dice que vayan a París donde una mujer agonizante les revelará los nombres secretos de los dioses, “que pueden ser dichos perfectamente sólo cuando la mente está embriagada de ciertos colores, olores y sonidos”. Y añade: “Tal vez el cristianismo fuese bueno y al mundo le gustase, ahora está desapareciendo y los inmortales comienzan a despertar”.
Yeats
Alister Crowley, ese personaje histriónico por su deliberado deseo de provocación, tras una pipa de opio se durmió y soñó con el relato que escribió nada más despertar: “La estratagema”. El relato de un viajero, insolente e insólito, que le cuenta a un inglés (tras alarmarle con la confesión “tal vez sea un asesino convicto”) una delirante temporada carcelaria, de la que escapó gracias a la estratagema de un loco. En realidad ese es el tema de su cuento: dónde empieza y acaba lo racional y su diferencia con lo razonable.
Kerouac aporta uno de sus textos con forma de río mental de respiración contenida, él también cabalgando (como Coleridge) con un caballo blanco por las callejuelas de una pequeña ciudad.
Kerouac
Allen Gisberg relata una toma de ayahuasca en un grupo con chamán, en la selva peruana. Comentando sobre sus efectos: “Cuando ‘viajas’ penetras en internos corredores, entras dentro del corazón”.
Timothy Leary, psicólogo con un antes y un después en su vida, tras la toma de unos hongos alucinógenos, habla en su texto sobre el efecto de un viaje con LSD, que podría resumirse en su frase: “Todo es conciencia”. Para él como para Alan Watts tomar LSD es como un rito sagrado y un acto político. Y sus intentos de investigación de los efectos de las drogas fueron sistemáticamente hostigados por la policía.

Dylan y Gisberg
Alan Watts busca, en su texto, la identidad de ese que es consciente. Texto muy interesante y orientalista con fuertes sentimientos panteístas. “En el fondo, no hay manera de separar el yo mismo de lo otro. Empiezo a percibir que el yo y lo otro, lo habitual y lo extraño, lo interior y lo exterior, lo previsible y lo imprevisible se implican mutuamente”.
Craddock tiene un delirante relato en el que un tipo que toma ácido se siente Dios y se pasa los días agotado haciendo que el sol salga y se ponga y lo mismo la luna y las estrellas, etc. Y empieza a leer de todo incansablemente, por primera vez en su vida. Y hay un mensaje escrito sobre la arena de una playa, en el que se pide a Dios que se ponga en contacto con él y para ello se apunta a continuación su número de teléfono.
Dibujo de William Blake
Andrew Weil diserta sobre las diferencias entre lo que llama pensamiento “pirado” (bajo los efectos de drogas) y el pensamiento racional, por ejemplo sobre la ambivalencia natural en el pensamiento pirado, cosa que afirma el zen. “Experimentamos las cosas directamente, vemos contenidos internos más bien que formas exteriores”. Y añade dos frases maravillosas, una de Lao Tsé (el autor del libro cabecera del zen “El libro del Tao”): “Aquel que prefiriendo la luz,/ prefiere también la oscuridad,/ tiene en sí mismo la imagen del mundo./ Y, por ser imagen del mundo,/ es continuamente, sin fin,/ la morada de la creación”. Y otra del poeta William Blake: “Si las puertas de la percepción estuviesen despejadas, todas las cosas se le aparecerían al hombre como son: infinitas”.
Paul Bowles en su relato “El viento en Beni Midar” nos habla de unos hombres de la montaña que bajan a un café, y tienen que ponerse a bailar porque la música les posee. Podían hacer sólo lo que la música les decía que hicieran.
Paul Bowles
En el relato de Terry Southern, a un sustituto de un redactor enfermo, de una revista de Nueva York, amante de sustancias añadidas, se le ocurre leer todos los textos enviados por la gente que antes iban directamente a la basura. Eso no es todo, acabará escribiendo un texto impublicable, sobre la muerte de Kennedy, por grotesco e irreverente.
De Hunter S. Thompson aparece un fragmento de su famoso “Terror y asco en Las Vegas”, en el que dos tipos que, van colocados hasta las cejas, recogen a un autoestopista y tratan de convencerle de que todo va bien sin que se note que van colocados y los intentos resultan ser todo menos tranquilizadores. Nada especial, la verdad, tiene este fragmento (ignoro el resto de la novela porque no la he leído).
En cuanto al texto de John Lennon no tiene el menor interés, hubiera sido mejor sacar cualquiera de sus muchas letras de canciones. Las tiene y algunas, junto con la música, creadas bajo los efectos de añadidos. Como él mismo reconoce en el libro “Lennon recuerda” (larga entrevista hecha poco después de la separación de los Beatles) ante la pregunta “¿Cuánto duró el LSD?”, él responde: “Duró años. He debido hacer mil viajes... Solía tomarlo a todas horas”.
Lennon
En el relato de Smokestack El Ropo, colaborador de Rolling Stone, titulado “Fábula tercera” se habla de un tipo que va a comprar a un camello, con fama de liante. Tiene, efectivamente, el aire de fábula atemporal con detalles como que el camello sea un gigante que vive en una cueva y el camino que recorren juntos.
Jerry García, compositor y guitarrista del grupo Greatful dead, de tortuosas y filosóficas letras, aparece entrevistado por la revista Rolling Stone. Una de sus frases: “No estoy hablando de estar inconsciente o ido. Estoy hablando de ser plenamente consciente”.
Y cierra la antología un texto muy interesante de Aldous Huxley, donde alude a la importancia de una percepción pura, sin condicionamientos culturales. Para él la alteración de la conciencia inducida por los alucinógenos ayuda a vivir. Menciona a los que a veces perciben así: artistas, visionarios y místicos. Y cita al filósofo Plotino: “la otra forma de mirar, de la que todos no han hecho sino muy poco uso”.


En resumen un libro políticamente incorrecto, porque algunos textos recomiendan el uso de drogas aunque, en general, de manera puntual y especial, cuyo mayor interés reside en su exploración de las diversas formas posibles de percepción del mundo y las consecuencias vitales que implican. Y es que está editado a finales de los setenta, una época en la cual se trataba de investigar de manera trascendente en la materia, aunque ya estuviera divulgada por entonces la toma puramente lúdica de drogas (pero menos que ahora, cuando prácticamente es la única, y errónea, manera de tomarlas). Esta puntualización es muy importante, sobre todo en cuanto a los alucinógenos, pues son sustancias radicales, peligrosas, cuando no adulteradas de manera letal.
Baudelaire
Sobre todo si se trata de alucinógenos tribales (como ayahuasca, peyote, hongos, etc.), que deben tomarse exclusivamente en el contexto chamánico que les es propio, pues es allí donde se podrán encontrar los apoyos necesarios para una buena experiencia, además de completa. Abstenerse de tomarlas en occidente sin la guía de un auténtico chamán, muy difícil de encontrar aquí, aunque hay peligrosos tipos que pueden engañar en el mejor de los casos para sacar el dinero (mucho) estafando, y en el peor hacer tomar sustancias peligrosas y/o mortales. La cantidad de la toma es además decisiva y si se sobrepasa mínimamente resulta directamente mortal.



Yo lo descubrí hace años en la editorial Edhasa. Actualmente lo ha reeditado la editorial Miraguano, con un texto a modo de epílogo de Antonio Escohotado.

viernes, 11 de noviembre de 2016

El insondable libro de Lucia Berlin 'Manual para mujeres de la limpieza'

Por Tesa Vigal

Lo creativo es un intento de explicar el mundo, una meta que nunca llega a alcanzarse. También ahí la meta es el camino, y en esa exploración inacabable, más grande según se profundiza, a veces el material de partida es la propia vida del autor, aunque en realidad eso siempre está presente, incluso en las historias de tema aparentemente distinto. 



En el caso de Lucia Berlin, el enfoque sobre su vida resulta inclasificable porque tiene la hondura, el laberinto del propio tejido vital. Ella, a diferencia de aquellos que sólo consideran datos y objetos, en visiones superficiales y por tanto falseadas, nada en aguas subterráneas.

Esa mirada sutil, inquieta doblemente al partir de momentos cotidianos, empapándolos de asombro, misterio, espirales de melancolía, pasos perdidos, contradicciones fértiles, desolación de callejones sin salida, ambivalencia, o rotundidad. Como la de ciertos finales de algunos de sus relatos. En uno, atendiendo a un paciente grave en el hospital: "Se aquietó en mis brazos, resoplaba y roncaba suavemente. Acaricié su espalda tersa. Se estremeció, lustrosa como el lomo de un potro soberbio. Fue maravilloso". 


En algunos de los relatos de 'Manual para mujeres de la limpieza', ambientados en lugares y épocas donde vivió (California, Chile, Nueva York, Nuevo México, Texas...) se combinan humor y tristeza en mezclas imposibles, trémulas, reales. Otros, ironizan con ternura, recogiendo con portentosa sobriedad lo absurdo de las monjas de un colegio, lo entrañable de un viejo indio en una lavandería, la crueldad de su madre, la chifladura de su abuelo, lo delirante de ciertos desamparos, lo abismal de la conmovedora amistad infantil, la comunicación en el silencio, el silencio lleno de palabras, la aspereza del alcohol devorándolo todo, el idealismo de una gringa en Sudamérica, la alegría desesperada, la conexión inevitable, buceadores tropicales, clases de literatura, recepción de un hospital, la heroína de un marido esparcida sobre el lavabo, libros de misterio, arena roja, autopista distante.
¿He dicho ya que es un libro único?    

martes, 13 de septiembre de 2016

El palacio de la luna, de Paul Auster


Por Tesa Vigal

En esta historia, que acabo de releer con el mismo efecto hondo de un roce del destino sobre los hombros, hay una frase que podría resumir los pasos del protagonista: "uno no puede fijar su posición exacta en la tierra si no es por referencia a un punto en el cielo". Y esa operación necesaria de todo viajero  que no sea turista (excepto si quieres que el gps te guíe, o te pierda, en lugar tuyo) equivale a lo que Marco Fog, adolescente y luego joven, pregunta al mundo con su decisión de acabar de vender la herencia de su tío, saxofonista, las cajas de libros después de leerlos, que le han servido como muebles en su apartamento y han sido comprados por un librero llamado Chandler (como el autor atmosférico de novela negra, creador de Marlowe el detective más melancólico). Ya no le queda dinero para pagar el alquiler y decide irse a vivir a Central Park, sin avisar a nadie, para observar si el mundo responde moviendo ficha, o no, y en caso afirmativo cuál es la respuesta.


Y las vibraciones (en el lenguaje del tiempo de la contracultura en que comienza la historia, año 1969), el magnetismo de su desesperada osadía tendrá una respuesta larga, laberíntica, en realidad varias una dentro de otra, como mis libros favoritos de Auster, bailando con el destino en esos bailes escurridizos, enigmáticos, sorprendentes, que tanto le gustan (al destino, aunque no exista).

Es lo que tiene tocar fondo, o un callejón sin salida, o la desaparición del suelo bajo los pies, todas ellas situaciones excepcionales y, en esos casos y sólo en ellos, el universo también se mueve. No sólo con la aparición de amigos y un curioso trabajo con resultados varios con un punto ambivalente, sino con la incursión en el pasado de otros, además del suyo. Porque la historia que le cuenta su jefe, un viejo imprevisible y arisco en silla de ruedas, rebosa una portentosa atmósfera protagonizada por un pintor visionario que vivió en una cueva del Oeste. Y ese tipo de historias, como también la otra historia paralela en la que está contenida la de Marco Fog, despliega tentáculos de un momento a otro, de un espacio a otro, de un plano a otro, de un espejo a otro...


La fluidez de Auster es en este libro especialmente envolvente, con el ambiguo destello que lanzan las preguntas más íntimas de huella irreversible. No es casualidad que Marco y su tío antes de morir, elaboren mapas imaginarios a contrapelo de la naturaleza: "la Tierra de la Luz Esporádica, por ejemplo, y el Reino de los Tuertos". Pero eso sucede al principio del libro y, sin embargo, leyéndolo tuve la sensación de que toda la historia se desenvolvía como consecuencia involuntaria de ese tipo de acciones inusuales, conectando todo de manera irrepetible.

A Marco se le ocurre pensar que "no se podía separar lo interior de lo exterior sin causar grandes daños a la verdad". Y una frase del viejo en la silla de ruedas: " de pronto, sin la menor sombra de duda, comprendí que mi vida era mía, que me pertenecía a mí y a nadie más. Estoy hablando de libertad". Un vértigo parecido al del visionario pintor en su cueva: "nadie vería nunca aquellos cuadros. Eso era inevitable, pero, en lugar de atormentarle con una sensación de inutilidad, parecía liberarle". Y el párrafo final del libro, cuando Marco Fog quizás conecta con la cadena que ha conectado todo, incluyendo las extravagantes normas que el viejo le dicta para ir al museo de Brooklyn, donde está uno de los cuadros salvados del pintor visionario. Incluyendo el alunizaje ese verano del 69 del Apolo 11 en la luna, su apuesta por el caos en los días de Central Park, su amante perdida, viajar en el metro con los ojos cerrados y en silencio, las llamadas no atendidas en la puerta, la secreta vida de su madre muerta. Incluyendo El palacio de la luna, el restaurante chino donde ha comido con un amor perdido: 
"Era una luna llena, tan redonda y amarilla como una piedra incandescente. No aparté mis ojos de ella mientras iba ascendiendo por el cielo nocturno y sólo me marché cuando encontró su sitio en la oscuridad".

 

sábado, 16 de julio de 2016

'La condena' de Kafka


Por Tesa Vigal

Lo que me impresiona de Kafka es su afán, desesperado, por entender lo que no encaja en la supuesta lógica humana. Por ejemplo lo absurdo, lo tiránico de la autoridad cuando rechaza y agrede a todo aquel que se desmarca, pensando libremente. Ese dolor lo conoció muy de cerca en su relación con su padre, tema que trató en concreto, personalmente, en ‘Carta al padre’. Y que siguió explorando en el resto de su obra, en busca de significados, o tan sólo constatando, con una atmósfera mezclada de fragilidad, seca lucidez, perpleja ternura, desolación. En ‘La condena’ se reúnen la mayoría de sus relatos cortos, algunos apenas un párrafo.

Para conocer datos sobre su vida hay abundantes libros y páginas en internet. Por eso, como en la mayoría de autores de este blog, me limito a contar mis impresiones como haría charlando con un amigo sobre libros especiales. Tanto que los recomiendo, por si acaso a alguien le apetece leerlos y llega a disfrutar con ellos tanto como yo. A mí me encanta que me descubran cosas.

La Praga de Kafka, su museo
También me seduce de sus textos la importancia de lo sutil, de los matices (en ellos radica la inteligencia de las cosas), de ahí la constante, marcada separación entre comprender y justificar, algo que muchas personas aún usan como equivalentes con todo el peligro de la vieja actitud de “el fin justifica los medios”. Algo que me da mucho miedo. Creo que a Kafka también, sobre todo cuando viene envuelto en las temibles buenas intenciones, causantes a veces de tanto dolor.

Versión en cine, Orson Welles, de su novela
Comprender algo es quitarle poder, el poder de lo desconocido, de lo impenetrable, sobre todo si se trata de un dolor que nos han causado. Al entenderlo su efecto disminuye, incluso llega a desaparecer y esto es lo más deseable si el daño recibido ha sido devastador. Ese tipo de dolor intenso suele suceder más en la infancia, acompañado por la desoladora sensación de lo absurdo, de algo desconocido viniendo de no se sabe dónde (sobre todo si ese daño lo origina alguien que supuestamente nos quiere, nos protege, un padre sin ir más lejos).

Lo desconocido se escapa a nuestro control, pero cuando se aplica a personas es inevitable asimilarlo, gestionarlo, reaccionar como se pueda, por eso puede llegar a fascinarnos y al mismo tiempo llenarnos de un miedo que empape nuestra vida. Pero si se llega a conocer su mecanismo, su origen, desaparece el poder de lo incomprensible, incluso puede convertir a la persona, antes temible, en alguien patético de quien hay que defenderse.

Frase suya
Por eso jamás debe confundirse con la justificación. Por el contrario, hay que señalar al causante del dolor y alejarse de esa situación, o persona. Aunque la condena, como se refleja en el primer relato del libro con el mismo título, se revele absurda, desvele contradicciones, incluso desemboque en callejones sin salida.

Pero la huella del dolor es alargada y es difícil alejarse de ella. En algunos relatos, Kafka parece rozar la comprensión anhelada, incluso hay uno donde parece invocar la libertad y la maravilla, a modo de grito de guerra: ‘Deseo de ser piel roja’. Es mi favorito del libro, me emociona, y es tan corto y fascinante que lo cito aquí:

“Si uno pudiera ser un piel roja, siempre alerta, cabalgando sobre un caballo veloz, a través del viento, constantemente sacudido sobre la tierra estremecida, hasta arrojar las espuelas porque no hacen falta espuelas, hasta arrojar las riendas porque no hacen falta riendas, y apenas viera ante sí que el campo era una pradera rasa, habrían desaparecido las crines y la cabeza del caballo”. Fusión total con la tierra, con sus seres, formar parte de ella, visión sioux.

Pero en otros, Kafka parece vencido, o perdido en el laberinto. Como en el desolador ‘Ante la ley’, especialmente sutil porque bucea en la necesidad de sentido, de significado, de nuestro lugar en el mundo, concretada en ese campesino que espera largos años ante la puerta de la ley:
“-Todos se esfuerzan por llegar a la ley- dice el hombre -¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?
El guardián comprende que el hombre está por morir y, para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice al oído con voz atronadora:
-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla”.

Sí, es como un sueño, con toda su enorme carga de emoción, símbolos vivos, intimidad y sin embargo ese toque pavorosamente neutral de nuestro cuaderno de bitácora nocturno.

Quizás esa misma búsqueda de significado se aplicara a sus propios escritos, y por eso vino la petición a su amigo, Max Brod, de que los destruyera tras su muerte, en 1924, a los 40 años. Su amigo no le hizo caso y, gracias a ello, ahora se conocen los escritos de Kafka. Este es otro gran tema que le hubiera encantado a Kafka: ¿su amigo se comportó lealmente al no respetar su deseo, o por el contrario fue un traidor?