Por Tesa Vigal
Su laberinto: persona y obra inseparables
Rizos negros.
Húmedos ojos grises de profunda tristeza. Voz murmuradora, insinuante,
magnética. Siempre con su viejo y raído capote de soldado de West Point sobre
sus hombros algo inclinados. Temor y fascinación, rechazo y hechizo. Aquí una
curiosa frase en pasado: “Mi vida ha sido
azar, impulso, pasión, anhelo de soledad, mofa por las cosas de este mundo; un
honesto deseo de futuro”.
Cuentan, los que le
conocieron, que su presencia bastaba para turbar apacibles y acomodaticias
reuniones literarias. Y si hablaba el aire quedaba hecho añicos, y un clima
ambiguo –infernal y angélico- comenzaba a enredarse en la animadversión de unos
y la admiración de otros, trayéndoles a la memoria el olor de sus aficiones: el
opio dulzón y fantasmagórico, el ron de los piratas y las pesadillas a flor de
piel. En palabras de su novia Mary Devereaux: “Mr. Poe no valoraba las leyes de Dios ni las humanas”.
El efecto de sus
relatos, efecto de algo que resuena
en nosotros, es por encontrarnos fuera lo que ya estaba dentro. Su atmósfera
irrepetible y potente se sale de cualquier género, como ocurre con cualquier
obra poética (uso la palabra poética como sinónimo de arte). Su rotunda
intensidad emocional, cuyas raíces parecen surgir de los más profundos pantanos
y mares y alzarse gloriosamente, explora los límites sensoriales y
espirituales. Y al mismo tiempo cada escenario, cada percepción, o cada
personaje de sus relatos aparecen envueltos en bruma, en ambivalencia, en una
ruptura de límites que pone en evidencia la falsedad esencial de toda
definición, y apunta por ello dolorosamente a la verdad. Frase de su relato ‘Ligeia’:
“No hay belleza exquisita sin algo
extraño en las proporciones”.
![]() |
Adaptación al cine de 'La caída de la casa Usher' de Roger Corman |
Quizás por eso el
tema de la identidad está muy presente, de manera directa en relatos como
“Ligeia”, o “William Wilson”. En el primero a partir de la posibilidad de la
reencarnación, en el segundo a partir del doble. Y el destino, las almas sin
fondo, las raíces y frutos de los más ambiguos deseos, el amor cuando es
abismo, el contorno onírico de la vida, el dolor de los sentidos, la guarida de
la belleza en lo profundo de cualquier cosa… Una edición muy recomendable es la de Alianza editorial traducida por Julio Cortázar.
Parece evidente que
tuvo un gran eco en él toda la imaginería legendaria del sur, con toda su
cultura negra. Y además sus primeras lecturas de revistas inglesas, llenas de
relatos románticos en toda la extensión de la palabra (góticos, excesivos,
apasionados, misteriosos, exóticos…). Su propio carácter también era excesivo:
sensible, orgulloso, apasionado y rebelde.
No, aquel “aparecido”
no podía tener ningún lugar en aquella sociedad provinciana, patriotera,
moralista y práctica. Sólo tres cosas le resultaron fáciles: escribir siempre
en la miseria, crearse enemigos y emborracharse fantásticamente con un solo
vaso de ron.
Sin embargo llegó a
conseguir una fama notoria a raíz de la publicación de su poema “El cuervo”.
Una fama a pesar de él y más basada en su aureola de personaje maldito,
indeseable y torturado, que atraía y repelía simultáneamente. Pero solía vencer
este último sentimiento y ninguno de sus sueños se realizó. Nunca pudo tener su
propia revista, ni salir de la miseria. Tampoco un feliz amor duradero, ni el
enorme afecto que tanto necesitaba aquel huérfano eterno y frágil, turbulento
siempre, de voluntad apasionada e inconstante. Porque Poe, a pesar de sus
sueños o precisamente por ellos, nunca pudo vivir más que el presente. Movido
por la sensación y la emotividad momentáneas, fue un inestable visceral e
impenitente. Acunado con frecuencia por la desesperación.
Intentó que le
amaran de todas las formas posibles. Desde la súplica hasta la furia, desde la
humillación al enfrentamiento. Pero fue un amor maldito que seguía una línea
destructiva: enamorado de lo inalcanzable y culpable ante aquello que se le
ofrecía.
En la adolescencia
vivió su primera historia de amor imposible. Como si tuviera miedo a la
felicidad y eligiera siempre mal, inconscientemente. O una parte de él
identificara amor con dolor y obstáculos. Quizás ambas cosas. Tanto en su vida
como en su obra Poe es contradictorio, aunque por otro lado todas sus facetas
acaban por fundirse en un caleidoscopio irrepetible y laberíntico.
Esa primera mujer
era la madre de un compañero de curso, Helen. Y ella también perteneció a esa
galería de personas amadas tocadas por la desgracia. Helen enfermó gravemente
(se menciona la locura) y murió a los 31 años.
Sus siguientes
historias amorosas fueron con Sarah Elmira Royster y con Mary Devereaux,
frustradas por sus respectivas familias, que veían en Poe alguien demasiado
peculiar y poco serio.
Al visitar Baltimore en busca de su auténtica familia, conoce a su tía Muddie. Y a su querida y especialísima prima Virginia. Se casaron y de su relación amorosa trató su poema legendario Annabel Lee , puesto en música por Santiago Auserón del grupo Radio Futura. También se inspiró en sus obras Lou Reed en el disco “The Raven” y Alan Parsons en su disco “Cuentos de misterio e imaginación”. Las adaptaciones al cine han sido, por el contrario, bastante flojas, con la excepción del episodio dirigido por Fellini en la película basada en tres de su relatos dirigidos, respectivamente, por tres directores: Vadim, Malle y Fellini.
![]() |
Santiago Auserón adaptador de su poema 'Annabel Lee' |
La relación con su
frágil y patética mujercita de 13 años, Virginia, que le esperaba cada
atardecer con un ramo de flores, encierra misterio y también evidencia. De ella
tuvo la adoración más conmovedora y sobre todo la justificación y el escudo,
imprescindibles frente a su interior atormentado y oscuro. Poe se sentía
tranquilizado por el lado infantil que siempre conservó ella. Ambos conectaban
en su lado inocente, apoyándose mutuamente frente a un mundo acechante y
peligroso. Una burbuja delicada y sensible. Versos de su poema Annabel Lee: “Yo era un niño y ella una niña en un reino
junto al mar”.
Su tía se convirtió
en una auténtica madre para él. Y en este periodo acogedor empezó sus contactos
con editores y llegó a publicar un libro de poemas. Con ellas encontró auténtico
afecto y comprensión, pero la miseria y la angustia fue una compañía constante,
además de arrastrar siempre sus miedos y fantasmas interiores. En carta a
Virginia: “…batallar contra esta vida
inconciliable, insatisfactoria e ingrata”.
Pero Virginia murió
de tuberculosis (incurable en la época) tras varios años de angustia y agonía.
Y Poe comprendió durante ese periodo desolador, en el que se entregó a la
amistad apasionada y ambigua con escritoras de Nueva York, que aquello tampoco
apaciguaba su turbulencia emotiva. Da la impresión de que Edgard quería ser
seguido por ellas en sus juegos absolutos y confusamente perversos. Y ante esa
palabra surge el deseo de guardar compasivo silencio, porque Poe fue un
retorcido, sutil y delicado, como si se tratara de una tela de araña que
sustituyera a su pelo.
Su cuento “El
demonio de la perversidad” es todo un análisis lúcido y triste de esa parte de
su persona que le hacía siempre hacer justo lo que no quería, y empujarle a una
pasividad de pesadilla cuando sabía que era preciso actuar. Un espíritu
presente en todas las facetas de su vida, que llegó a convertirse en su peor
enemigo. Aparecía inesperadamente en los momentos más decisivos, ahuyentando a
posibles amigos, mecenas y admiradores. Por ejemplo cuando alguien quiso
financiarle su sueño, la revista propia. Bien porque su ánimo estaba ya
desbordado por el dolor, o porque en él dominaba su lado auto destructivo, en
vez de entrevistarse sereno y sobrio con su posible benefactor, se volcó en el
alcohol y se presentó en condiciones penosas y con actitud desafiante. Quizás
se defendía de un destino feliz para el que no estaba preparado, o con el que
no se identificaba en el fondo. A esto se añadía el tormento de la culpa
posterior por su comportamiento, que le dejaba abatido largo tiempo.
Hubo ocasiones, sin
embargo, en que Poe y su peculiar “demonio” se aliaban, o bien jugaban al
ajedrez y el resultado eran sus críticas literarias. Maravillosas y afiladas
armas de doble filo, que sorprendían y provocaban polémicas por sus ideas sobre
poesía y arte. Con ellas se creó enemigos de por vida. Solían ser corrosivas y
radicales, siempre en contra de los gustos, las glorias nacionales y los
escritores de moda, y siempre hacían crecer como la espuma la tirada de la
publicación y los odios hacia él.
Cuando daba una
conferencia, a veces borracho, solía cambiar el tema anunciado. Y esto, que
podría haber sido en boca de otros algo original, ridículo, o divertido, pasaba
a ser reprobable e indignante: Poe no tenía solución.
Su peculiar relación
con el alcohol empezó en la universidad. Allí descubrió que con un solo vaso de
ron se emborrachaba lucidamente. Y el segundo lo tumbaba. Venía la
inconsciencia, y la prolongada recuperación, pues tardaba días en volver a la
“normalidad”. Pero ebrio o sobrio no soportaba las imposiciones sociales ni las
incomprensiones del mundo, y su lado íntegro y rebelde le empujaba a
enfrentamientos, o a montar números desgarradores con sus reacciones extremas.
Por ejemplo caminar por la calle con la ropa destrozada, o comprarse una fusta
para dar unos cuantos latigazos al familiar que trataba de impedir su relación
con su novia Mary. Y luego reunirse con ella y tirar la fusta al suelo
diciendo: “Te la regalo”.
Es en esas cosas en
las que se fijaba la gente, con una mezcla de miedo y fascinación, que suelen
dar como resultado un alejamiento. Puede quedar muy bonito estar en presencia
de alguien tan especial, incluso ser muy excitante hablar con él un ratito,
pero “a nadie le gusta realmente un
extraño” como diría Tom Waits.
Y muchos de los que
le conocían olvidaban su lado eficiente, productivo y lúcido.
Nunca halló ningún
refugio estable que le proporcionara paz, aunque vivió también momentos de
calma y bienestar, como por ejemplo el corto periodo que pasó con Virginia en
una casita en las afueras de Nueva York, en 1844. Muy fértil además
creativamente.
Y ese movimiento
incesante de derrumbe a su alrededor, era acompañado por lagunas de tiempo en
que desaparecía y alguien le encontraba, por completo perdido y alucinado, en
cualquier mesa de taberna, en cualquier paraje o calle. Poe no soportó esa
agresión que sentía desde niño dirigida contra él, y al responder con violencia
o con alcohol, lejos de paliar su inseguridad afectiva la ahondaba más.
Orgulloso caballero
del sur pero muy distinto de los sudistas. Entregado hasta la locura en el
amor, extremista, sin ninguna planificación en su anárquica vida. Todo esto
sólo podía conducirle a la meta que, fatalmente, corría en picado en dirección
opuesta a la deseada: un lugar como escritor.
Las circunstancias
contrarias no le hacían doblegarse, sino que encendían más aún su
auto afirmación involuntaria y agresiva. Y a la hora de relacionarse con alguien
no elegía. Volaba tras la sombra de cualquier sonrisa. Resulta por tanto
conmovedora su adoración por los proscritos. Constantemente inventaba
fantásticas historias y genealogías, que le hacían descender de famosos
traidores, e historias increíbles que oían asombrados sus oyentes.
Y es que era un
rebelde, además de la rebeldía propia de la condición de poeta: “La poesía no es un propósito sino una pasión
y las pasiones deben ser reverenciadas, no se las puede, no se las debe excitar
a voluntad”.
A veces sueño con
sus batallas solitarias en mitad de la noche. Cuando estalla la tormenta y una
sombra furtiva se esconde en un portal sin luz. Cuando los pasos se deslizan
por la acera desierta y el silencio los transforma en inquietante eco.
Él conocía el aleteo
de la muerte, la pesadilla sigilosa y los bosques salvajes. La razón lúcida y
desgarrada y el beso del vampiro sensual, silencioso y encadenado. La mirada
insondable de los ojos del amor, el misterio de Ligeia, la obsesión por
Berenice y por el doble que nos espera en determinada calle, a determinada
hora. La belleza implacable y furiosa del mar. ¿Qué es lo que se agitaba bajo
sus aguas? Tal vez una de sus frases: “Todo
lo que vemos o parecemos es solamente un sueño dentro de un sueño”.