lunes, 23 de febrero de 2015

'Pequeño, grande' de John Crowley.

Por Tesa Vigal

Ante todo no confundir a este autor fascinante, llamado John, actual profesor de escritura creativa en la universidad de Yale, con el oscuro personaje de principios del siglo XX, del mismo apellido pero diferente nombre, Aleister. Hay una frase en esta inclasificable novela que podría resumir la hondura en la que bucea, con un encanto escurridizo, un hechizo delicioso en el que te dejas envolver sin darte cuenta: “Las cosas que nos hacen felices nos hacen sabios”. Porque tras su aparente sencillez las palabras felices y sabios nos preguntan, con un desafío casi impertinente. Ambas implican el valor de mirarse a uno mismo y luego reconocerse y luego decidir en consecuencia.
Con cada respuesta entras en una habitación distinta que contiene nuevas puertas y otras habitaciones y pasillos en curva, algunos con escaleras, otros sin ellas y la casa de límites borrosos se irá agrandando según nos internamos en ella hacia su centro y se irá empequeñeciéndose hasta desaparecer si nos dirigimos hacia cualquier otra parte.

En esta novela, ambientada en la actualidad, hay una casa central en el libro de Crowley (y de cada vida), llamada no por casualidad Bosquedelinde, que también desvelará otras muchas peculiaridades, por ejemplo la de desembocar en la salida todos los pasillos que parecen ir hacia su interior y precipitarse en su centro aquellos pasillos que parecían conducir al exterior. Y tiene como complemento una casa en la gran ciudad, tremendamente urbana y tan compleja y contradictoria como su hermana campestre.


El portón de acceso a su laberíntico jardín, por el que penetró casi al principio de su historia Fumo, uno de sus protagonistas para casarse con una de las chicas de la casa, tiene la virtud de convertir en irrevocable aquel primer paso decisivo y, por lo tanto, nunca se saldrá de allí aunque se vuelva a atravesar cientos de veces.

La condición para llegar a él es la inevitable para cualquier viaje interior (con todos sus periplos exteriores surgidos del alma): tiene que hacerse caminando, siguiendo el mapa personal que no se sabe de dónde ha salido, comiendo las provisiones que uno mismo se ha puesto en la mochila, casera no comprada, y pernoctar en sitios encontrados por uno mismo, o bien mendigar, o ser invitado. Además la meta, esa casa en otra parte, no aparecerá explícitamente en el mapa. 


Porque sólo las promesas entrevistas y sentidas en la infancia, sin necesidad de alguien para pronunciarlas, son las reales y verdaderas. Todas las demás, que surgen a lo largo de la vida, no son más que hojarasca ilusoria y caduca que extravían la dirección que señalaban aquellas.

Da igual que uno viva en una gran ciudad, o en lo más agreste del bosque, Bosquedelinde está allí, cerca o lejos dependiendo de nuestros pasos, no del escenario por el que andemos.
El secreto del viento del norte es la propia existencia de su espíritu, aquel que sopla mágicamente desde su cara invisible, aunque muchos sólo consideren su cara física, la de corriente de aire desmenuzada patéticamente por la ciencia.


Y como el viento todo tiene dos caras, su espíritu y su forma material. La mirada legendaria con la que Crowley contempla y despliega (otro mapa) las peripecias vitales de los personajes de esta historia, unos urbanos, otros campestres, es una portentosa mano desgranando palabras como pasos, miradas, decisiones, revelando sus raíces de vertiginosa profundidad y consecuencias infinitas como el aire. Ambas cosas están ahí, pero sólo se ven cuando nuestra vida funda mundo y cada vez que nos enchufamos a nuestro sentido, o el alma nos susurra canciones más profundas que cualquier religión o filosofía, tan abismales como el mar, tan poderosas como el inconsciente, tan bellas como auténticas y a menudo extrañas.


Es una historia que vuelve a colocar al País Borroso y sus habitantes como una parte esencial de la vida cotidiana y entrelazada con las calles más urbanas. Asombrosa alquimia verdadera, que revela la magia del sexo, el significado de las señales, personajes que se apellidan Ratón, arcanas encrucijadas en los pasillos del metro, dos hermanas inseparables que compartirán amorosamente a Fumo, fotos reveladoras de figuras que estaban y no estaban entre el follaje de un jardín, un coche abandonado por el hermano seductor del que nunca volvió a saberse, la vieja trucha que una vez tuvo una existencia humana, ojos salvajes (es decir, puros), o niñas desaparecidas llevadas por Ellos (así es como nombran sus personajes a esos otros presentidos, entrevistos y añorados, deseados y temidos de la Otra Parte) a un País Borroso que nunca se nombra, pero cuyo latido es asombrosamente físico a lo largo de sus páginas, que parecen brotar solas a su debido tiempo, como las hojas en primavera desde la oscuridad misteriosa de la tierra.


La sabiduría, el alma de la civilización occidental (y que aún se conserva en los pueblos llamados primitivos) se relegó y desechó en los cuentos míticos, de origen anónimo y ancestral llenos de pavor y maravilla (que diría Castaneda), la tela que trenza el mundo entero. Es el momento de su regreso en perfecta fusión con el lado racional, sin que ningún lado se reprima, para que juntos (de nuevo el sexo, de nuevo la alquimia) nos devuelvan nuestro ser entero y libre.

Para recorrer y empaparse por la fascinación heterodoxa de este libro, ahí está la brújula que guardas desde siempre en ese cajón bajo llave. Justo en ese.

martes, 10 de febrero de 2015

'Otra vuelta de tuerca' de Henry James, "fantasmas" diferentes

Por Tesa Vigal

Henry James nació en Nueva York el 15 de abril de 1843, hermano del también famoso William James, filósofo y psicólogo cuya teoría del fluir de la conciencia influyó en todo un grupo de escritores, de principios del siglo XX como Virginia Woolf, James Joyce, Faulkner... Y por supuesto sobre su hermano escritor, Henry, viajero incansable por Europa en la que acabó viviendo.

De amable trato cordial pero distante, contenido. Ese es, precisamente, el clima más superficial de sus relatos, aunque por debajo palpita una gran pasión plasmada con aguda sutilidad, una intensidad emocional de sus personajes siempre ocultada o dormida bajo una capa de formalismos, y una gran complejidad que se escapa en detalles, gestos, miradas. Se podría decir que, esencialmente, la impresión de sus relatos es por una parte la de un laberinto de espejos, y por otra la de un volcán comprimido cuya erupción te llega tiempo después.


Su manera de escribir es sutil, agudamente observadora, laberíntica, remota y al mismo tiempo profunda, lo que crea un especial hechizo, que puede producir disgusto o fascinación, pero casi siempre una inquietante incomodidad. El secreto, de hechos o de emociones, ocupa un papel relevante en sus historias, pero también en su forma de escribir, que además tiene algo de la técnica de los pintores impresionistas. Esto último destaca sobre todo en sus cuentos, en los cuales con pocos trazos plasma situaciones que son todo un universo emotivo y existencial. 


Es un ejemplo perfecto para entender la diferencia entre “culebrón” y drama, melodrama y tragedia, sentimentaloide y sentimental... Esa diferencia es la profundidad, no la trama de una historia. Todo puede emocionar, pero el alcance largo y el enriquecimiento y la posibilidad de “volar” sólo están del lado de lo profundo.

Algunos de sus relatos que me han gustado, aunque menos que ‘Otra vuelta de tuerca’: ‘Lo que Maisie sabía’, ‘Retrato de una dama’ (llevada al cine protagonizada por Nicole Kidman y John Malcovich), ‘Las bostonianas’, ‘ Los papeles de Aspern’ (fascinante relato sobre la búsqueda de un manuscrito del poeta Shelley, sobre la soledad y el desamor) y ‘La copa dorada’.

‘Otra vuelta de tuerca’ ha sido llevado al cine varias veces. Entre otras en 1961: The inocents por Jack Clayton (abajo imágenes de la película). En 1980 por Gratme Clifford. En 1992 por Rusty Lemorande y Peter Weigl. Y la versión española (de terror gay la he visto catalogada en internet) de Eloy de la Iglesia. No he visto ninguna. Pero se me ocurre que para captar la atmósfera devoradora de este relato, el director de cine David Lynch quizá hubiera logrado plasmarla.


Volviendo al relato de James, yo diría que es el más original y perturbador de lo que he leído de él. De nuevo menciono que en manos de otro autor hubiera sido un relato de fantasmas cualquiera. En manos de Henry James se convierte en algo inclasificable y turbio, de un alcance portentosamente largo y de significados sucesivos que dan la impresión de perderse uno dentro de otro, como la imagen reflejada en un espejo de la imagen reflejada en otro espejo de la imagen... Y así sucesivamente. Puede que por esa razón, por las múltiples capas de la realidad y nuestra percepción humana se titula otra vuelta de tuerca.

Si la presencia de un niño en un relato oscuro es siempre más impactante, aquí esa impresión es desmenuzada con un efecto demoledor. Porque, y este es uno de sus rasgos más peculiares, el acento en esta historia no está puesto en las personas que aparecen desde otro plano (que además nunca se sabe cuál es porque sobrepasa cualquier definición al uso), sino en sus testigos y sus reacciones y el efecto moral y existencial en sus vidas. 


Lo primero que llama la atención es que la gente que aparece no es un fantasma. No es nadie “fantasmal”, ni poseedor de características sobrenaturales, ni nada que se parezca a almas en pena. Son personas, gente con la misma personalidad que tuvieron en vida, y no sólo eso, sino con todos los detalles cotidianos de la “realidad” más radical (cómo mira uno de ellos fijamente a la protagonista que cuenta el relato, cómo se aleja lentamente pasando su mano por el parapeto donde se aparece, cómo busca con la mirada a los niños de la casa con una voluntad imperiosa y decidida...). Son personas con las mismas motivaciones y calidad moral que tuvieron en vida, sólo que ahora adquieren por ello una fuerza “individual”  espeluznante y una voluntad avasalladora, ya que en teoría vendrían de un plano donde todo tendría que ser diferente. Que no lo sea es de un efecto desestabilizador sorprendente. En este relato las dos vidas, los dos planos son intercambiables.

También es posible que esas apariciones, de lo que sea, sean sólo fruto de la visión personal de la institutriz que relata la historia. En ese caso sería “sólo” el río desbordado y desbordante del delirio de una persona. Aunque aquí no veo la diferencia rotunda que algunos marcan entre lo real y la alucinación. En ambos casos remitiría a uno de los temas de la historia: el mundo creado por nuestra percepción personal y desde ese punto la línea difusa y cuestionable de lo irreal y lo real.  

Y los testigos. Son de dos tipos. Uno inocente, que está personificado en la persona adulta que relata la historia. Y otro, contradictoriamente adulto, que sabe y lo oculta, personificado por los niños. Que para los niños sean naturales esos sucesos puede suceder a veces, a ello apuntan las teorías sobre su especial sensibilidad y percepción que se les atribuye. Pero que además sean conscientes, al mismo tiempo, de su carácter extraño ya resulta poco frecuente. Si a esto se le añade que lo ocultan a los adultos porque quieren y aceptan y comprenden las motivaciones de los aparecidos, ya se convierte en una situación perturbadora. Pero es que además, la motivación de los aparecidos, sean lo que sea, sería corromperles y eso les hace cómplices de ellos. Sin embargo en el resto de su vida cotidiana son niños encantadores y hasta angelicales, que no dan nunca ningún problema... Pero “ven” y lo disimulan y el testigo adulto no se atreve a preguntarles directamente, hasta que lo hace y ellos entonces mienten. Constantemente está el laberinto de alguien que sabe que el otro sabe que el otro sabe.

Y otro espejo difuso y ambivalente, es precisamente el significado de corromper y ser corrompido. Nada es sencillo en Henry James y esto tampoco (aunque he oído opiniones de alguna gente afirmando que se trata de un caso de pederastia, lo que me parece de lo más simplón, algo que estaría lejos de la sugerencia sistemática de Henry James). En este relato plantea esa cuestión y la deja en el aire. Aunque se está tentado de adjudicarle un carácter mítico, asociándolo al verbo conocer (ese árbol del conocimiento del paraíso bíblico nos resuena). Pero no se queda en esa asociación, ni siquiera es mencionada indirectamente. A mí me pareció que iba más allá, apuntando, de alguna manera, al papel misterioso de la dualidad consciente-inconsciente. ¿De qué sirve ser consciente? ¿Son puros los hechos inconscientes? Y ahí quedan esos niños imborrables por bordear esa frontera enigmática de por sí en el ser humano, pero más misteriosa aún en la infancia y en lo que “sucede” en los niños al crecer.

Para mí es un relato inclasificable. Más allá de géneros. Y absolutamente inolvidable. Por lo tanto abstenerse los que sólo buscan estereotipos del género gótico, o los que pasan de atmósfera y se conforman con tramas aparentes, cuanto más periodísticas mejor.



            

viernes, 16 de enero de 2015

'La balada del café triste' de Carson McCullers

Por TesaVigal

Carson McCullers nació en Georgia (Estados Unidos) el 19 de Febrero de 1917. Su primera novela, la impresionante “El corazón es un cazador solitario”, publicada a los 24 años impactó considerablemente. Su poderosa manera de escribir y sus temas ya estaban en él. Para mí el principal es el misterio de la identidad, aunque la presencia de personajes más o menos oscuros, esperpénticos, o marginales, ha hecho opinar a algunos que son una galería de personajes costumbristas del Sur profundo donde nació, pero esa visión me parece superficial. 


Creo que no se trata de eso. Afortunadamente, porque el costumbrismo sin más puede ser interesante, pero no deja de ser el lado más aparente de la vida, su lado más obvio, aunque pueda ser gratificante reconocer anécdotas cotidianas. Sin embargo no aporta nada a lo que ya sabemos. Por el contrario el arte bucea y explora, trata de descubrir la esencia de la vida, por debajo y más allá de sus apariencias simplificadoras.

Y Carson McCullers profundiza de sobra, de manera sobrecogedora a veces. Aunque eso no suponga encontrar las respuestas, pero el viaje hacia dentro abre ya multitud de puertas posibles, pasillos laberínticos y espejos, perspectivas y miradas insólitas, y todo el poso del mundo en la piel y en el alma. La oscuridad de las motivaciones y contradicciones de sus personajes va bastante más allá del planteamiento al uso de este tipo de problemáticas, dejando la impresión apabullante de que toda persona es un precipicio sin fondo envuelto en niebla perpetua, sea cual sea su condición. El presentimiento de lo infinito detrás de una mirada.


Esta sobrecogedora novela corta,  “La balada del café triste”, fue publicada en 1951. Se ha dicho de esta autora que está a medio camino de Faulkner y Capote. Yo puntualizaría, me parece que aúna lo mejor de los libros de ambos autores, fundiéndolo de manera tan personal como lúcida.

Potentes imágenes inolvidables. Intensidad desgarrada de sus personajes.  Atmósfera melancólica o trágica, como una sombra alargada que destila sensaciones en múltiples capas emotivas de poesía hecha carne, cuando los símbolos lo son de verdad y por eso están portentosamente vivos. Hay además en ellos un halo perturbador, bien en los gestos o en el físico de sus personajes, en sus decisiones o en sus sueños. Y detalles repentinos que revelan el lado oscuro del mundo, no sólo en el sentido destructivo de la palabra, sino sobre todo en el sentido de lo desconocido. Se me ocurre que un director como David Lynch podría plasmarlos en cine de manera perfecta. Sin embargo la adaptación que hizo John Huston (aunque algunas de sus películas me encantan) de “Reflejos en un ojo dorado”, y a pesar de sus intérpretes (Marlon Brando y Elizabeth Taylor) no logra reflejar esa atmósfera tan típica de esta escritora. Por otro lado es lógico, Huston es un director mucho más “claro” y vitalista, incluso cuando habla de temas negativos. Sin embargo no he visto la adaptación de la balada que hizo Simon Callow en 1991, protagonizada, nada menos, que por Vanessa Redgrave.


En La Balada del café triste bucea en el mar del amor subterráneo. En su carácter arrebatador y repentino, en lo irracional y trágico que suele acompañar a las parejas inadecuadas-destructivas.
A veces, como cuenta la autora en la propia historia, se ama debido a que el amado/a se cruza en el momento oportuno, ante alguien que ha acumulado durante el tiempo suficiente una gran cantidad de amor sin volcarlo en una persona. Otras, puede ser debido a alguna asociación inconsciente que la persona amada “activa”, pone en marcha. Y todo ello sin proponérselo ninguno de los dos miembros de la pareja.

Naturalmente esto sólo le suele pasar a personas muy emotivas, o excesivas. Hay otras sin embargo que parecen pasar por la vida apenas rozándola. No se trata de cantidad de peripecias vitales sino de la forma de vivirlas, aunque sean pocas. Vivir en la superficie de las experiencias, o en su mismo fondo, involucrándose apasionadamente en ellas, o dejándolas revolotear graciosamente alrededor. En este tipo de personas parecería un imposible, por tanto, enamorarse, o al menos contradictorio. Pero no. Si se enamoran no es en realidad de alguien sino que se vinculan afectivamente, a su manera discreta, con la persona que aparece, indiscriminadamente, por la necesidad expresiva del afecto. Por eso pueden “enamorarse” frecuentemente y se diría que les gusta casi todo el mundo porque cualquier pareja vale, y hasta pueden pasarse la vida entera al lado de alguien que jamás han conocido.


Por el contrario los personajes de Carson McCullers, y en concreto los de la Balada, pertenecen a los excesivos. Cada cosa vivida adquiere una involuntaria resonancia que les hace sufrir y gozar muchísimo más. Quizás por eso cada gesto produce la sensación de una especial trascendencia, cuyo efecto puede durar años. La reacción ante un hecho prolongarse durante décadas… Da la impresión de que es en esta gente “resonante”, más o menos complicada o diferente, donde se agita el misterio de la naturaleza humana. ¿Qué es lo realmente humano?

A ese Sur profundo de Estados unidos, apasionado, racista, contradictorio, peligroso y bello llega una noche un esperpéntico y misterioso personaje: un enano jorobado arrastrando una pesada maleta. Y una mujer fuerte e independiente, práctica, sobria, e incluso arisca hasta entonces, que trató cruelmente a un marido que la adoraba de manera, una vez más, desaforada y destructiva, se enamora tiernamente de él ante la perplejidad de todo el pueblo. Y de nuevo una relación desgraciada a la que el dolor parece alimentar en lugar de agotar, sólo que esta vez los papeles están cambiados.
Vanessa Redgrave en la película

Es una historia en la que los hechos y las decisiones duran muy poco, son muy cortos en el tiempo. Son los efectos y las reacciones lo que se prolonga de manera incomprensible y devastadora. Y así su comienzo es con una casa destartalada que parece abandonada, porque su única ocupante hace mucho, mucho tiempo que no sale de ella. Nunca podremos penetrar en el alma que la habita… Aunque entráramos en la casa y habláramos con su habitante. A pesar de haber seguido sus pasos en la historia retrospectiva que se nos cuenta, y saber y presentir cómo ha llegado a ese momento, seguimos sin conocerla.

Una huella única, perdurable y perturbadora. Tristeza y honda dulzura, sabor agridulce y ambiguo. Mucha poesía contenida e incontenible. Tiene algo de catarata salvaje, que toca directamente el alma. Casi implacablemente.


           


lunes, 5 de enero de 2015

El escritor de Tánger: Paul Bowles

Por Tesa Vigal

A partir de sus libros ‘Bajo el cielo protector’ y ‘Por encima del mundo’.

Paul Bowles nació en Nueva York el 31 de Diciembre de 1910. Y pertenece a ese tipo de estadounidenses peculiares, que no lo parecen. Más bien parecen europeos (recuerdo ahora mismo a Allan Poe, Woody Allen, Isadora Duncan, Scott Fitzgerald, David Lynch, Carson McCullers…)


Siendo todavía un jovencito viajó por primera vez a Europa, y ya desde aquel primer viaje lo hizo a la manera nómada que siempre le caracterizó. Fue un viajero de vocación, tanto en sus viajes propiamente dichos como en su manera de enfocar los temas y tramas de sus relatos. No sólo porque en ellos abundan los personajes que viajan por lugares ajenos, sino por su manera testimonial y constatadora de contemplar sin juzgar, de bucear bajo las apariencias para tratar de descubrir la esencia de las diferentes culturas y de lo que sucede en una historia.

Llegó por primera vez a Tánger a los 21 años, donde acabaría instalándose definitivamente en 1947.
Militó durante unos meses en el partido comunista, al que acabaría dejando porque la disciplina de cualquier partido se casa fatal con la libertad de un artista, y con cualquier persona que aspira a ser libre (no es el único, ahora mismo recuerdo a Camus). Viajó por Asia y por México. Aprendió español entre otros idiomas. Y se casó con la escritora Jane Bowles (antes Auer) en 1938. Como apuntó, sutil y lúcidamente Andrés F. Rubio en el texto que publicó en el diario El País a raíz de su muerte en 1999, Paul fue su marido y amigo. Su relación fue ciertamente muy especial y poco frecuente: ambos tenían presente a la persona más allá de sus circunstancias, convenciones sociales o vida sexual. Una conexión profunda y real poco frecuente en las historias amorosas. De alma a alma. Quizás por ello ambos eran bisexuales y su mutua lealtad estaba más allá de cualquier situación, o episodio sexual de su pareja. 
Paul Y Jane Bowles

Jane Bowles es otra escritora fascinante (de quien recomiendo su perturbadora novela “Dos damas muy serias”) y de la que existe una biografía que hace justicia a su lado más ambiguo y perturbador, más atormentado y laberíntico, en la editorial Circe (lamentablemente he olvidado el título, creo que era su nombre: Jane, o Jane Bowles). En ella también se cuenta la oscura y misteriosa relación que tuvo sus últimos años con su amante marroquí de la que sospechaba, y también su marido Paul, que la envenenaba lentamente. Sea como fuere tuvo una crisis “mental”, llamada por unos enfermedad mental, por locura, que la hizo acabar sus días en un sanatorio psiquiátrico de Málaga, donde murió y está enterrada, en 1973 (Por cierto se cuenta de ella que es uno de los dos o tres fantasmas que deambulan por el cementerio de la ciudad andaluza). Ella y Paul conocieron y trataron a varios de los escritores de la generación beat (William Burroughs, Kerouac, Ginsberg…), que les visitaron en Tánger igual que Djuna Barnes, Tennessee Williams, Truman Capote, Gore Vidal… 
Escena de la película 'Bajo el cielo protector'

Los relatos de Paul Bowles giran en torno a la hondura misteriosa de lo existente y las reacciones de la gente ante ello. Cómo lo viven. De ahí que recorran sus historias el miedo, la incomunicación, el desdoblamiento, los sueños (inducidos, sufridos, gozados, o dormidos), la desadaptación, la “extranjería”, la posesión, el tormento, la crueldad, lo desconocido, el deseo, la lucidez, lo lúdico, el destino… En 1949 publicó su primera novela: “El cielo protector”, publicada en la editorial Alfaguara y en Seix Barral. Fue llevada al cine por Bertolucci a finales de los 80 y protagonizada por John Malkovich y Debra Winger. Para mí no es una película redonda, pero sí que logró trasladar a la pantalla la potencia fascinadora de algunas de sus imágenes. Sólo por eso merece la pena verla. Por cierto hay un pequeño cameo del propio Bowles, que sale unos segundos como cliente de un café de Tánger. Esta adaptación le sirvió monetariamente en una de sus muchas épocas de penuria, y para ser reconocido en su propio país, Estados Unidos. 


Otras obras destacadas son: “Cuentos escogidos”, en la misma editorial. Incluye algunos tan fascinantes y sobrecogedores como “Un episodio distante”. “La tierra caliente” escrita en parte bajo los efectos del hachís, el kif marroquí. Publicada posteriormente con el título original “Por encima del mundo” en Seix Barral, anteriormente conocida como ‘La tierra caliente’. “Déjala que caiga” en la editorial Alfaguara. “Cabezas verdes, manos azules” es una crónica de sus muchos recorridos por el Sahara. Y “Memorias de un nómada”, a modo de autobiografía, en la editorial Mondadori. En sus páginas aparece una definición de la magia que la relaciona con el efecto y motor del arte: “la magia es una conexión secreta entre el mundo de la naturaleza y la conciencia humana, un pasaje oculto pero directo que elude la mente”

Es muy significativa la abundancia de referencias en sus títulos a la naturaleza, en su más amplio sentido (mundo, tierra, cielo, manos, cabezas…) En último término ese es el tema omnipresente: el misterio que subyace en la existencia, presente de manera especialmente directa en las manifestaciones de la naturaleza. En ‘El Cielo protector’ y ‘Por encima del mundo’ sus historias parten de una situación similar, la de un matrimonio viajando por lugares lejanos, por culturas diferentes. El primero por el Sahara. El segundo por algún lugar de Sudamérica. En ambos aparece la situación de una pareja y sus relaciones con un tercer personaje, que actúa de espejo y detonante. Provocando la salida de todo lo que estaba encerrado, o dormido, en cada uno de ellos.


En El cielo protector los tres personajes de la primera parte acaban confluyendo, como si fuesen tres ríos, en uno solo (el de ella) mucho más caudaloso y laberíntico, cargado con el bagaje múltiple que se fusiona en ella, perdida y sola en medio del desierto y sus habitantes, en un recorrido interior y exterior, buceando en el tema existencial del lugar personal en el mundo. En cualquier mundo. Porque la extrañeza de una cultura ajena pasa a ser un simple reflejo de lo desconocido de la propia vida, incluso en la cultura propia de la que se parte y que en principio parecía “conocida”. Todo se cuestiona y nada se juzga. Se experimenta y se vive como la única forma de entender, de sentir el latido del mundo, que siempre pasa por el interior de cada persona que lo vive y lo “soporta”, lo transmuta y lo asimila. O trata de hacerlo, la única actitud posible si se busca la libertad y el descubrimiento de la identidad.

En Por encima del mundo se exploran parecidas vivencias, aunque en este caso son los dos miembros de la pareja los que son sometidos a unas circunstancias incontroladas y desconocidas, movidas por el tercer personaje que les separa físicamente y les extravía. Pero aquí se añade el influjo del kif como alterador del nivel de conciencia, que en principio es neutro, pero dependiendo de cómo se use y se viva puede tener efectos de confusión, temor y salida del mundo. O por el contrario de descubrimiento y hondura en uno mismo y la vida.


En ambas novelas la base de lo que se cuenta es la propia experiencia, individual e intransferible, lo único que existe sea cual sea su fuente , mostrando lo que se siente y lo que se piensa, lo que se asocia y lo que se sueña en una situación y ante y con otras personas. Sin valorar ni tratar de interferir en ello. Cuando los planos de sensaciones parecen mezclarse: sueño y fiebre, efectos del kif, vigilia lúcida, fiesta colectiva y soledad… Por eso su manera de contar poderosa y a veces áspera, otras con el aura de espejismo de las imágenes del desierto, está empapada en la intensidad seca del misterio como un pozo sin fondo. Y cada imagen tiene el poder del primer plano, ya se trate de un paisaje de horizonte infinito y cielo altísimo, o de los poros de la piel de un centímetro de un ojo pasmosamente abierto.

Una pequeña muestra extraída de “Por encima del mundo”: “Cerró la puerta y se quedó completamente inmóvil, esperando oír algún sonido en el cuarto; quería estar segura de lo que había visto. La señora Rainmantle estaba acostada todavía en su incómoda postura en la orilla de la cama que daba a la pared, y una de sus enormes piernas colgaba por un lado. En aquel instante de débil luz, a través del velo mosquitero, no podía estar segura, pero creyó ver que la señora Rainmantle tenía abiertos los ojos. Reaccionó cerrando la puerta aún más rápidamente. Y ahora escuchaba.”


Y la diferencia fundamental entre los que viven y pasan por la vida como turistas o como viajeros, (pues no sólo se aplica a los recorridos exteriores) en este párrafo de “El cielo protector”: “Entre el turista y el viajero la primera diferencia reside en parte en el tiempo. Mientras el turista, por lo general, regresa a casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra (Yo añadiría y de su alma). El turista acepta su propia civilización sin cuestionarla y el viajero la compara con las otras y rechaza los aspectos que no le gustan”.  

El universo inolvidable de Paul Bowles: dunas de arena infinita, luces deslumbradoras, sombras espesas y radicales, ropas y especias de colores intensos, duras líneas de khol bordeando los ojos, encuentros inesperados o buscados en los que se mezcla el destino y el azar, voces con sentidos extraños, zumbido de insectos, juegos de niños en la lejanía, sensaciones al límite de los sentidos, emociones desbordadas en hechos sobrios y escuetos, sueños al mediodía, personajes perdidos, barcos que recorren ríos bordeados de malezas selváticas, frases comprendidas en la distancia, caudalosas emociones de superficie estática, olor en el aire, memorias bifurcadas, equipajes abandonados, ventiladores de aspas en hoteles remotos de poblados aislados, lenguas agitadas y ululantes… Y en fin, como en el propio título de Bowles: cabezas verdes, manos azules.


  

domingo, 28 de diciembre de 2014

'Ancho mar de los Sargazos' de Jean Rhys


Por Tesa Vigal

Este peculiar libro, que estremece, está ambientado en un Caribe inquietante y pavoroso. Su autora, de vida peculiar a la que cuadran adjetivos parecidos dijo: “Hay en mi mente lagunas que no pueden colmarse” .

Nacida en la isla de Dominica, Antillas, en 1890. Otras fuentes citan 1894. Llegada a Inglaterra a los 16 años, donde mal vive como puede trabajando como corista y semi prostituida. Empieza así un tiempo nómada recorriendo Europa, recalando principalmente en París y Londres, en compañía del alcohol y la soledad en compañía. Un fiel retrato de esa forma de vivir muriendo o morir viviendo es su impresionante novela “Viaje a la oscuridad”. 


Se casó 3 veces, enviudó una y dos de sus maridos acabaron en la cárcel. En 1919 pasa por Holanda y se casa con el periodista y compositor Lenglet. Tuvo dos hijos pero el niño murió. Empezó a publicar en los años 20 y 30, bajo patrocinio de Ford Madox Ford, pasando por completo inadvertida. Se la olvida por completo entre 1939 y los 60. Quizá por su constante de evitar los círculos literarios. Llegó a pensarse que había muerto, hasta que inesperadamente publicó en 1966 esta novela de la que voy a hablar a continuación, que causó gran impacto. En esa época vivía ya en una casita en el campo inglés. Murió en 1979.

Actualmente es considerada un gran clásico moderno. Su manera de escribir tiene una sobriedad apabullante, pero no seca como la de un Carver, sino húmeda y emotiva, lo que la vuelve aún más sobrecogedora. En sus libros abundan los personajes más vulnerables por su inadaptación y sensibilidad que por su penuria o marginalidad. Sus vidas parecen discurrir paralelamente al mundo exterior, a pesar de tener que luchar en él, a veces incluso de manera sórdida, por la subsistencia. Y aún así, da la impresión de que se mantienen en una pureza inevitable en cualquier situación y circunstancia. Como si no pertenecieran a nada. 


En ‘Ancho mar de los Sargazos’ es portentosa la contracorriente en la que circula el escenario de la historia, porque se suele asociar a una región como el Caribe con la alegría de vivir. Aquí sin embargo son otras visiones personales las que se arrastran bajo su cielo hiriente. Las flores enormes, los colores intensos, los perfumes agudos, las creencias radicales, los animales escurridizos, las selvas tupidas y la lluvia torrencial producen angustia y pena. Son amenazantes e incomprensibles, poniendo en evidencia el misterio de lo excesivo, fiel reflejo de su protagonista.

Las sensaciones y sentimientos están contados indirectamente, a través de los hechos y las percepciones del personaje. En lo que se fija, lo que ve, lo que oye… Mucho antes de que Carver se pusiera de moda y con una gran diferencia. Mientras en Carver esa forma de contar sólo hechos alude a una forma de sentir amorfa, de esos momentos en los que no puede ponerse nombre a los sentimientos, y por tanto a una situación de ignorancia deliberada o inevitable, en Rhys sí tienen nombre pero se evita cuidadosamente. En Rhys hay dolor, en Carver parece que no. En Rhys se sabe lo que se siente, en Carver no se tiene ni idea. Pongo un ejemplo. Después de una escena dramática en forma de hechos simplemente constatados, sin la menor sombra de juicio, la protagonista oye a su lado cantar a alguien una canción de la que oye un solo verso, antes de dormirse.

Esa ausencia de juicios, mirando lo que pasa como un sueño, y a la gente que actúa, acentúa enormemente la trascendencia, el peso propio de lo que ocurre, de lo observado. Remite al misterio del alma humana y al significado profundo más allá de las palabras. Surgen así los valores por sí mismos, automáticamente, llenando el hueco que le falta a la simple constatación.


También se marca así la naturaleza extraña, extranjera, del personaje que observa y como resultado suele encerrarse en su habitación, su silencio, sus calles… Buscando sin explorar, esperando sin citas, mirando sin ver, hablando sin dialogar. Con una insólita inocencia, empapándose del regusto incomprensible del mundo y sus habitantes.

Especialmente de sus habitantes, que a veces incluso llegan a parecer arcanos enigmáticos, colocados por algo en su camino, por fuerzas ciegas y poderosas, casi siempre amenazantes. Y que desprenden la sospecha de estar, probablemente, igual de incomunicados que el personaje observador, aunque no sean extraños como ella.

Después de que una niña sea rechazada violentamente por su madre, sólo comenta que en el trayecto de vuelta ella y su acompañante adulta no hablaron. Y el lector se queda con el peso plúmbeo y definitivo de ese silencio entre las dos, como si fuera la única materia de la que estuviera hecho el mundo.

La profunda tristeza, esa que más que tristeza alcanza la pena. Y la pena es por no tener lugar en el mundo. Por no haber cabida para ella en la Tierra. Frases hondas y desgarradas con apariencia distraída, como de pasada, porque es algo que hay que disimular, lo que aumenta la tristeza. Por ejemplo: “Nadas digas y quizá no sea verdad… ¿Cómo pueden saber lo que es vivir afuera?”. Y ese afuera señalado en cursiva.

Las respuestas del mundo llegan con frecuencia impregnadas en malevolencia y despecho hacia la gente, como la protagonista, demasiado sensible, o demasiado distinta.


Es una novela con un sorprendente y alternado cambio de narrador. De primera persona de ella, a primera persona de él.  Pero idéntica visión incomunicativa.

Presente también en la melancólica indiferencia de los negros caribeños, impregnada por el viejo servilismo colonial. Por ejemplo en el hecho de responder a la sencilla pregunta sobre su edad, con una respuesta subjetiva destinada a complacer y llena de burla socavadora: “¿14?, imposible”, “pues 57… ¿sí?”. Al fin y al cabo son el tipo de respuesta que tiene tanta gente, inventarse la imagen que parece gustar, sin nada que ver con la auténtica esencia. Esa renuncia a ser querido por uno mismo, que es tan desoladora como significativa. Sobre todo por lo extendida que está.

Cada vez que leo una historia sobre seres desadaptados, es como si de pronto cayera por un profundo pozo hasta darme de bruces con la situación del ser humano en general. No la aparente, sino esa que se desliza sinuosamente, incluso por debajo de la persona más adaptada aparentemente, aunque en este último caso, su no pertenencia sólo se asome en el silencio, poniéndola nerviosa como reacción.

En esta historia se suma la desubicación de los descendientes de los dueños blancos de plantaciones en tierra extraña, con sus indios exterminados, llena de negros antiguos esclavos, de blancos empobrecidos y despreciados por sus congéneres y también por los negros, de seres extraños. Esos seres que no pertenecen a ninguna parte, como consecuencia de las circunstancias, o más dolorosamente aún a consecuencia de su propia naturaleza. 


Ella y él, aislados y nadando como pueden en el mar incomprensible de la presencia de cada uno. Con una rotundidad de apabullante tristeza, esa que sólo surge de la lucidez constatadora. La que no quiere juzgar porque no sirve de nada y se limita a sentir.

También está presente en esta historia el maldito mecanismo, maldito por mentiroso, de entregar el vínculo afectivo a una persona, a veces independientemente de quien sea esa persona, por simple necesidad de expresión afectiva. Y una vez hecho el vínculo el imperioso deseo de ser correspondido, retribuido, respondido por esa única persona en concreto, que sin embargo hubiera podido ser cualquier otra. Tantas veces el amor es sólo eso… Muy pocos lo ven, muchos lo sienten. Sería ridículo si no fuera por el dolor que causa. El dolor es real, el vínculo también, la persona a quien se está vinculado es irreal, no es ella en realidad quien produce, quien provoca ese amor.

Y la historia se va cerrando tan radical como las enormes flores del trópico, y tan inquietante como su esencia anidada bajo sus pétalos de intenso color.


  


sábado, 20 de diciembre de 2014

La poesía en estos tiempos: 'El tiempo de los asesinos' de Henry Miller (a partir de Rimbaud)


Por Tesa Vigal

¿Qué es el arte? ¿cuál es su función?... Respuesta radical de Henry Miller en este librito arrebatado sobre la sustancia de la poesía, a partir de uno de sus grandes poetas: Rimbaud.


Para Henry Miller la esencia de lo creativo ("Y su lenguaje capaz de fundir el corazón y de hacer hervir la sangre") es el viaje a lo desconocido, al misterio de la vida, a la esencia de la naturaleza, y por tanto va dirigido de alma a alma ("Su meta es dar rienda suelta al espíritu"). No sólo de mente a mente. El artista es un mensajero de los dioses, como creían las culturas antiguas y "primitivas". Es un instrumento para volar y hacer volar, pero eso le convierte en solitario por su naturaleza excesiva. El arte sería lo que conmueve profundamente, lo que pone los pelos de punta y es inolvidable. Pero vivimos en un tiempo de "asesinos", porque muy poca gente (si es que hay alguien) que sienta el arte así ("Quienquiera que hoy experimente esa forma de angustia y la exprese, será considerado un romántico incurable. Nadie espera que sintamos ya de esa manera... Los humanos ya no vibran de exaltación; se retuercen y serpean de envidia y odio... La vida del humano actual es pálida y vacía").

Por el contrario abundan los adoradores de las apariencias. Es decir los que ante una apariencia formal diferente proclaman su maravilla, cuando lo aparente no existe, sólo lo parece. Y no existe porque el fondo no es diferente y por tanto su forma "distinta" obedece sólo a lo artificial
. Pero es más sencillo y asusta menos que lo auténtico, aunque justo eso es lo que la gente en el fondo añora. En la actualidad se enaltece lo banal, lo gratuito, por eso es un tiempo de asesinos.

Sobre Rimbaud dice: "De cualquier manera que se interprete su obra o se explique su vida, está más vivo que nunca. Y el futuro le pertenece aunque no haya futuro". Este es un libro imprescindible para todo aquel a quien le interese, apasionadamente, el arte. Igual que Miller se siente hermanado con la visión creativa de Rimbaud, yo a mi vez me siento hermanada con ella, y como mis pobres palabras no llegarían quizá a expresarlo por completo, cedo la palabra a sus frases directas. De ahí la abundancia de citas, quitándome el sombrero con vértigo ante su contenido revolucionario.

Para cualquiera que haya leído "Una temporada en el infierno" (con frases como: "y si no puedo expresarme con palabras paganas, prefiero enmudecer") y sepa que a continuación Rimbaud dejó de escribir, porque la poesía ya no provocaba reacciones y por tanto era inútil,  marchándose a África, en un gesto con olor desesperado, a ganarse la vida de cualquier forma (incluidas las ignominiosas como el tráfico de armas) comprenderá que ambas cosas están íntima y dolorosamente relacionadas. Sobre el tema comenta Miller: "El hecho de que sólo pudiera mantenerse intacto renunciando a su vocación es un tributo a su pureza, pero al mismo tiempo una condenación de su época". "Permitirá que sus sueños sean aniquilados, pero no mancillados. Había vislumbrado la vida en todo su esplendor y plenitud; no traicionaría esa visión convirtiéndose en un ciudadano domesticado del mundo".

Y, sin embargo, mucha gente no entiende que un poeta visionario como Rimbaud se ocupe de "cosas bajas". Rimbaud quería la “navidad” en la tierra. Miller: "Persigue lo imposible (...) como si estos sueños pudieran cumplirse. Está demasiado cargado de la energía que generan para desprenderse de ellos".


Henry Miller en su libro (único, distinto) desarrolla el punto de unión de ambas cosas y, desde esa aparente contradicción, pasa a hablar de la esencia de lo creativo y a diferenciar, por tanto, versificadores de poetas (cosa que muchos confunden, los que no quieren ahondar o carecen de suficiente sensibilidad). Alguien como Rimbaud que tiene un concepto tan alto, profundo y radical de la poesía-arte, siente especialmente en su carne el ánimo antipoético del siglo XIX que le tocó vivir, y que Miller amplía hasta la década de los 50 del siglo XX en que escribió este libro (es evidente que seguimos con el mismo ánimo en el siglo XXI): "Poseemos el conocimiento sin la sabiduría, la comodidad sin la seguridad, la creencia sin fe... El poeta es un paria, una anomalía".

Rimbaud: "El verdadero problema está en hacer monstruosa al alma". Y Miller añade: "O sea, no horrible, sino prodigiosa". "No puede vivir con sus ideales a menos que éstos sean compartidos, pero ¿cómo comunicarlos si no habla el mismo idioma que su prójimo?... El soñador debe contentarse con soñar, confiado en que la imaginación crea sustancia. Esa es la función del poeta, la más alta porque lo conduce a lo desconocido, a las fronteras mismas de la creación". Y si la poesía no ayuda a cambiar y liberar al ser humano, no tiene sentido; mejor dicho, es mentira su sentido trascendente. Y si es mentira su trascendencia es mentira todo lo sublime y por lo tanto lo único auténtico es responder renunciando a escribir. Rimbaud no puede hacer concesiones, un poeta auténtico como él no puede hacerlas y de ahí su reacción desesperada y su insulto que esconde un gran dolor: a la mierda la literatura, si el mundo es sólo barro hediondo qué importa que uno se hunda en él...

Libro sin concesiones. Radical, apasionado y diferente de verdad, no sólo en apariencia. Porque lo diferente es una voz única y surge del alma, no de un propósito de provocar, ni de cualquier otro tipo de esnobismo, que es en lo que nadan multitud de "artistas" en busca de un lugar en la cumbre, es decir falsos artistas. Porque el arte nace de una necesidad inevitable, desde lo más profundo. Por eso va de sensibilidad a sensibilidad y no se trata de cultura y mucho menos de erudición ("El lenguaje del poeta corre a la par de la voz interior cuando ésta aborda la infinitud del espíritu. A través de este registro interior, el hombre sin lenguaje, por decirlo así, se pone en comunicación con el poeta. No se trata de una cuestión de educación verbal sino de desarrollo espiritual").


Palabras tan radicales como: "Ser poeta fue en un tiempo la vocación más alta, hoy es la más vana... Porque el poeta mismo no cree ya en su misión divina". Por supuesto explicaré, para quien no conozca a Miller ni a Rimbaud, que nada tiene que ver ese "dios" con ningún dios de ninguna religión institucionalizada, sino con el Gran Espíritu como dirían los indios: "Todo el interludio cristiano no ha sido sino una negación de la vida, una negación de Dios, una negación del espíritu".

Abrazar la creación entera, la luz y la oscuridad y fundirlas para ir más allá, siempre más allá: "Una indescriptible nostalgia de lo desconocido, el deslumbramiento de lo infinito".  Como ya he dicho este libro lo escribió Miller en los años 50 del siglo XX. Me hubiera gustado saber lo que pensó sobre el movimiento contracultural y rockero de los 60 y 70, pues en él hay un intento (unas veces logrado y otras no) de volver al origen catártico del arte y a su función global y tribal (en toda la profundidad de la palabra). Pero sus palabras y, por supuesto, la obra de Rimbaud siguen vigentes con una escalofriante actualidad. En España está editado por Alianza editorial. Y, por supuesto ‘Una temporada en el infierno’ de Rimbaud.

A los valientes y a los románticos (es decir, soñadores por suerte o por desgracia), les deseo una fructífera y apasionante lectura. Al resto les deseo que se escandalicen lo suficiente para que algo se mueva en su vida.